Vázquez Montalbán ha sido un gran escritor a tiempo completo, revientasillones, rompemadrugadas, es decir, prolífico donde los haya, con una obra incomensurable a pesar de su pronta muerte, mucho antes de lo merecido. En su obra reúne obras pertenecientes a la gran literatura y al ensayo de mirada plena, como su poesía, como las páginas que nos acercan a una historia de la educación sentimental, con textos irrepetibles, impagables, como Pasionaria y los siete enanitos, Galíndez o El pianista. Pero quizás donde logra plasmar una literatura de corte “popular”, explicativa pero en absoluto panfletaria, aparentemente simple pero muy compleja de fondo, sea en la novela negra, que desarrolla a través de los inventos, aventuras y mixtificaciones del detective Carvalho y su asistente Biscúter. Y nos estamos refiriendo desde el principio al creador en España, con un perfil específico, de la novela negra, que en el caso de Vázquez Montalbán es mucho más negra que criminal o policial, como también se conoce a este tipo de producciones.
Y hablamos de perfil específico refiriéndonos a un realismo no especular, sino dialéctico, que se desarrolla en la base más indigente de la sociedad, donde las circunstancias cotidianas se mueven en el marco determinante de un animal de fondo social, que ilumina siempre las circunstancias casuales de la trama como elementos “causales”, que se ven convertidos en la fatalidad de la vida por la ideología de las clases dominantes, que no por invisible es menos poderosa, adquiriendo por tanto el significado de un destino; ese destino que para serlo requiere una dosis no poco importante de resignación cotidiana.Precisamente las novelas negras de Vázquez Montalbán se mueven siempre contra esa resignación, intentando explicar las falacias del poder.
Realmente la novela negra, al menos en el universo de Vázquez Montalbán, no constituye un género. El escritor no dudó nunca en declararse un “degenerado” con respecto a esta clasificación académica (nunca creyó en los géneros, salvo cuando se trataban de ingredientes de sus recetas gastronómicas). Más bien constituyen una producción determinada que se produce en los márgenes del capitalismo. Se suele decir que esta literatura arranca en Chandler y Hammet, lo que explicaría en parte, sobre todo en el caso de Hammet, que se trata de algo históricamente constatable. Lo que quiere decir que no es lo mismo la novela negra o criminal de estos autores de la que, por ejemplo, desarrolla Conan Doyle. Precisamente se produce un corte que es lo que explica de modo concreto esta diferencia, que rompe la teoría de los géneros.
Conan Doyle, por ejemplo, y toda la novela criminal clásica, desarrolla en sus textos el empirismo de las pistas, como método para descubrir al culpable y a sus particulares motivos. Un pelo, un resto de ceniza, que el perro ladre o deje de ladrar, las huellas de un determinado movimiento… Ni siquiera se buscan las causas, sino que se persiguen las pistas que han de llevar a Holmes hasta el criminal. Se encuentra al criminal, y caso resuelto. Y lo mismo que Holmes, Filo Vance o Perry Mason. Algo menos los detectives de Chandler y Hammet, sobre todo este, que ya columbra las causas más allá del culpable.
La novela y el cine negro actuales superan este marco empirista y se constituyen como un texto que interpreta y tematiza el poder y sus consecuencias sociales, llevando el poder a su máxima excepcionalidad, tal como ocurre en El Padrino y toda la producción acerca del gangsterismo desde sus primeras piezas.
Precisamente por razones históricas determinadas, en España, en el seno de la dictadura y
una paz social interminable, tarda en activarse la literatura negra (anticapitalista), y precisamente por eso quien inicia este camino, junto a pocos más, es alguien movido por una ideología de transformación, como es el caso de Vázquez Montalbán. De ahí lo que dijera un día al principio de su proyecto: “Los escritores de novela negra en España somos tan pocos que Juan Madrid es uno de los dos”.
Las novelas negras de Vázquez Montalbán se mueven siempre contra la resignación, señalar el paisaje social infectado por el poder donde se desarrolla la acción, si es que hay acción
En las novelas negras de Montalbán, y nos referimos sobre todo a la serie de Carvalho, no se trata tanto de una investigación basada en las pistas, como de hacer presente, muchas veces sin nombrarla, la causa real de los hechos criminales. Por eso no se trata tanto de perseguir a un culpable, como de señalar el paisaje social infectado por el poder donde se desarrolla la acción, si es que hay acción. Incluso Juan Madrid, que tanto tiene que ver con Montalbán, nos llega a decir en Los hombres mojados no temen la lluvia (“Como si fuera un prólogo”): “Es posible que las cosas sucedieran de otra manera, y que los culpables no sean los que aparecen en estas páginas”.
Es decir, la “causalidad” es mucho más amplia, va mucho más allá del culpable empírico. Los culpables son otros, que quizás están fuera de la novela y que constituyen la estructura profunda, el negativo del retrato que se tematiza, que se presenta como texto.
Precisamente esta dislocación es la gran novedad que introduce en España la novela negra de Montalbán. Una cosa es el texto y otra la estructura profunda del texto, que está fuera, que ejerce una labor de dominio, y que es la auténtica “culpable” de los hechos que se narran.
El detective Carvalho, desde su ironía, desde el cinismo de la derrota, se instala en este señalamiento: el culpable real son las relaciones sociales de producción, por decirlo en términos marxistas, y la lucha real no es precisamente la que él realiza, que se comporta simplemente como una especie de actor brechtiano, que con un puntero señala las condiciones reales de un dominio y una explotación que, encarnándose en los personajes, figura como “vida”, pero que está fuera de su competencia.
Biscúter, su asistente, es la figura exacta del antihéroe, incluso más: de alguien, en la base social más cruda, que no llega ni siquiera a la épica del antihéroe, que es simplemente un personaje de mínimos, plagado, eso sí, de un glorioso sentido del humor; un personaje, queremos decir, de la puta base.
Y aquí tocamos fondo. Termino este texto con una de las grandes declaraciones, ética y política, de Montalbán, cuando dijo, desde la orilla irredenta de su comunismo libertario, que él seguía en la militancia y pensando de la manera rompedora que pensaba como homenaje a las bases comunistas.







