Equipo Comunicación: un sujeto colectivo en la cultura comunista española

Comunicación no era solo una editorial. Era un equipo de trabajo que debatía, escribía y publicaba bajo una identidad grupal. Defendía una “organización del trabajo”, colectiva
Organizadores y amigos de la exposición España: vanguardia artística y realidad social, Bienal de Venecia, 1976 (de pie: Alberto Corazón, Víctor Pérez Escolano, Valeriano Bozal, Antonio Saura, Jorge Teixidor, Ana María Martí, Tomás Llorens, Rafael Solbes, Grazia Eminente, Eduardo Arroyo, Oriol Bohigas y Josep-María Martorell; sentados: Inma Julián, Manolo Valdés, Josep Renau y Antonio Bonet Castellana) | Fotografía: José Miguel Gómez
Organizadores y amigos de la exposición España: vanguardia artística y realidad social, Bienal de Venecia, 1976 (de pie: Alberto Corazón, Víctor Pérez Escolano, Valeriano Bozal, Antonio Saura, Jorge Teixidor, Ana María Martí, Tomás Llorens, Rafael Solbes, Grazia Eminente, Eduardo Arroyo, Oriol Bohigas y Josep-María Martorell; sentados: Inma Julián, Manolo Valdés, Josep Renau y Antonio Bonet Castellana) | Fotografía: José Miguel Gómez

En términos políticos, aunque Comunicación (1969-1979) no tuviese una vinculación directa con el PCE, como sí tuvo su antecedente, la editorial Ciencia Nueva (1965-1969), no debe olvidarse que algunos de sus miembros, como los hermanos Alberto y Juan Antonio Méndez, Miguel Bilbatúa o el mismo Alberto Corazón, militaban en la organización. Valeriano Bozal, su faro teórico, tuvo carné del partido entre 1977 y 1980, cuando formaba parte del consejo de redacción de Nuestra Bandera, donde coincidió con Bilbatúa, y desde donde participó activamente en los debates sobre el leninismo (“La dialéctica de Lenin”, Nuestra Bandera, 92, 1978), que el PCE abandonó en abril de 1978, durante su IX Congreso. La inclinación comunista de Comunicación es evidente en su catálogo (100 libros, el catálogo completo puede consultarse en http://proyectocomunicacion.es), como también lo es la crítica a las posturas más ortodoxas de la organización y la admiración hacia experiencias vinculadas a un socialismo democrático aplastado por la propia URSS (caso de la Checoslovaquia de Dubcek) o por el imperialismo estadounidense (el Chile de Allende). En esas coordenadas, deben situarse dos de los títulos de su catálogo, los libros de Radovan Richta (Progreso técnico y democracia, 1970) y André Gunder Frank (Carta abierta en el aniversario del golpe en Chile, 1974).

Comunicación se autodefinía como “alternativa” o “respuesta” cultural, antes un foco o frente de intervención política que una empresa al uso. Y, sin embargo, cabe preguntarse a quién se dirigía este catálogo, quiénes eran los potenciales compradores de sus libros y cuál era la realidad material de la editorial. Partiendo de la experiencia en Ciencia Nueva, el núcleo fundacional de Comunicación (Bozal, García Sánchez, Corazón y los Méndez) sabía bien que los libros se vendían, incluso, o especialmente, los títulos con un claro posicionamiento izquierdista. Miguel García Sánchez, al frente de la librería y distribuidora Visor desde 1959, era perfectamente consciente de ello. Existía una masa de lectores objetivos compuesta por profesionales liberales, docentes y estudiantes, es decir, por trabajadores intelectuales, “fuerzas de la cultura” que creaban (y a las que se dirigía, consumían) buena parte de la producción cultural comunista del momento. Uno de los eslóganes de Ciencia Nueva, incorporado a un cartel diseñado por Corazón en 1968, rezaba “libros para una inmensa mayoría”, de lo que se desprende que aquella editorial en absoluto pretendía ser una opción minoritaria y marginal, sino, al contrario, una alternativa con capacidad para llegar a un número importante de lectores.

El libro era concebido como un motor de transformación social. Se autodefinían como “alternativa” o “respuesta” cultural, un frente de intervención política

La actividad de la editorial fundada por Corazón, por tanto, partía de la consciencia de que sus libros y las ideas en ellos contenidas solo podrían difundirse en el sistema capitalista, en el mercado de bienes culturales. El valor de cambio de esos objetos, no obstante, debía estar supeditado al valor de uso, y no a la inversa: el libro era concebido como un motor de transformación social, no como un simple signo de distinción de clase. Con tal fin, en el terreno de la producción de libros, Comunicación defendía una “organización del trabajo”, colectiva, en equipo. Como escribían en un artículo publicado en Cuadernos para el Diálogo en 1972: “Frente al intelectual enajenado que conserva la ilusión del trabajo individual en medio de la mayor alienación es preciso optar por un trabajo colectivo que refleje la realidad de la especialización sin aceptar el sometimiento a los mecanismos de banalización, de serialización, que el mecanismo capitalista impone a la industria cultural”.

Desde esta perspectiva, Comunicación no era solo una editorial. También era un equipo de trabajo que debatía, escribía y publicaba bajo una identidad grupal. Ese impulso colectivo bien podría considerarse un síntoma de época en el campo del arte y la cultura españolas, en el que abundaban equipos y colectivos, artísticos o editoriales, que operaban como células capaces de resistir la represión de la dictadura y como estructuras de autoría distribuida, críticas con la individualidad autorial burguesa. En el caso de Comunicación, ese espíritu colectivo cristalizó durante algún tiempo en unos seminarios de los que no se ha podido rescatar más documentación que los testimonios de sus participantes. Esos encuentros arrancaron en 1971, tras la incorporación de Ludolfo Paramio al colectivo, y debieron extenderse hasta la ruptura a propósito del control de Zona Abierta en 1976. Bozal los describió como «seminarios académicos de lectura e interpretación de textos de Marx», en los que «se pretendía una lectura rigurosa de los textos clásicos» y «una reflexión sobre los problemas que el estructuralismo marxista había puesto en primer plano: la condición de una ciencia de tinte marxiano y, en especial, la cuestión del sujeto».

Pensar el problema del sujeto revolucionario (¿quién, qué grupo social iba a impulsar y liderar el cambio político?, ¿qué papel iban a desempeñar la ciencia y la cultura, los intelectuales y creadores, en el mismo?) fue uno de los principales objetivos de los seminarios y, en general, de Comunicación como proyecto. Más allá de la militancia y estructura del partido, más allá de la adscripción de clase, era necesario reflexionar acerca de la composición del cambiante grupo social (al que Comunicación se refiere, no sin voluntarismo, como “bloque ascendente”) que podía impulsar el colapso del franquismo, la democratización del país e, incluso, la construcción del socialismo. Equipo Comunicación, como alternativa y frente cultural, debía contribuir a ese debate. Santiago Carrillo, secretario general del PCE, lo había planteado de manera directa en 1967 a través de la «alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura», que pretendía establecer sinergias entre «obreros y empleados, campesinos, intelectuales, creadores, científicos y profesionales, artistas, estudiantes, artesanos, pequeños industriales y comerciantes». Aquella alianza fue una propuesta pragmática con la que incorporar al partido a una creciente masa de estudiantes y profesionales que se acercaban a la principal organización antifranquista, pero que, a menudo, no se identificaban con su discurso marxista-leninista o con las reivindicaciones del proletariado como sujeto revolucionario. La formulación de Carrillo no resultó del todo exitosa. Como me explicó Corazón en una entrevista en 2011 al referirse al difícil encaje del trabajo cultural en las dinámicas del PCE: “Nosotros éramos artistas muy politizados, pero, en general, el mundo del arte y el de la política estaban separados. […] En la propuesta del PCE de alianza entre las fuerzas del trabajo y la cultura, los de la cultura éramos unos señoritos a los que no se hacía demasiado caso”.

El proyecto de investigación sobre Equipo Comunicación, financiado por una convocatoria pública para la recuperación de la Memoria Democrática, y la exposición que puede visitarse en la Sala de Exposiciones de la Universidad Autónoma de Madrid (Edificio Plaza Mayor, Campus Cantoblanco) pretenden estudiar y dar a conocer la actividad de aquel proyecto editorial e intelectual y paliar, con ello, el enorme vacío historiográfico que todavía existe en lo referido al papel que desempeñaron los intelectuales, editores y artistas en el seno de las organizaciones que luchaban contra la dictadura de Franco.

Cartel (“Libros para la inmensa mayoría”), diseño de Alberto Corazón para la editorial Ciencia Nueva (1968)

(*) Juan Albarrán, profesor Titular. Departamento de Historia y Teoría del Arte Universidad Autónoma de Madrid