Un país derechizado
Las elecciones anticipadas del 23 de febrero en Alemania llegaban con un Gobierno semáforo (SPD socialdemócrata, Verdes y FDP liberales) en mínimos de aprobación, especialmente tras la ruptura del FDP, lo que provocó las elecciones. Con el telón de fondo de la estagnación de una economía alemana, cuyo modelo de exportación está amenazado por la subida de los precios de la energía y la creciente competencia de la industria china, los votantes han castigado severamente en las urnas a los partidos de la coalición de gobierno: el SPD pasa a sus peores resultados desde el siglo XIX con el 16,41% (-9,3%); los Verdes son los que menos retroceden, pero lejos de sus expectativas, con el 11,6% (-3,1%); los liberales del FDP desparecen del Bundestag con un 4,3% (-7,1%). Es decir, los partidos de gobierno han perdido casi un 20% de los apoyos recibidos en 2021 y sus tres cabezas visibles, Scholz, Habeck y Lindner tienen los días contados en la política institucional alemana.
La beneficiaria de esta situación ha sido claramente la extrema derecha, no solo porque AfD (Alternativa para Alemania) ha obtenido un 20,8% (+ 10,4%), sino porque tanto su diagnóstico del problema del país como parte de las soluciones que propone desde hace años esta formación política se ha instalado en buena parte de la sociedad. Esto no habría sido posible sin la complicidad de un gobierno saliente que ha comprado parte de su agenda, fundamentalmente en el tema migratorio.
La CDU/CSU (Unión de democristianos con los socialcristianos de Baviera) es la ganadora de las elecciones con un 28,6% (+4,2%), pero el ambiente en la Konrad-Adenauer-Haus no era especialmente de euforia. Por un lado, los resultados están lejos de lo esperado. En un contexto de agotamiento del gobierno semáforo, esperaban superar de largo el 30% de los votos y Merz, a pesar de la victoria, tiene colgado el sambenito de perdedor dentro de su propio partido. Pero además el partido de Merkel se ha distanciado abiertamente de la política cristianodemócrata de la excanciller respecto a la migración, y ha adoptado en muchos casos la forma y el fondo de la extrema derecha. El futuro canciller Friedrich Merz parece querer volver al antiguo modelo alemán obviando límites geopolíticos y climáticos, a la vez que redobla su retórica neoliberal contra el gasto social. Esto no podrá hacerlo solo. Se requiere una coalición, seguramente con los socialdemócratas del SPD, aunque en su militancia se ve con escepticismo y recelo.
Resucitando de las ruinas
Como el antiguo himno de la Republica Alemana, Die Linke daba la sopresa de la noche «Resucitando de las ruinas» (Auferstanden aus Ruinen) y alcanzaba un 8,8% (+3,9%). Hace unos meses el partido parecía condenado a la desaparición, sumando derrota tras derrota desde 2021 en elecciones de los Länder y en las elecciones europeas, donde tocaba suelo con el 2,7% (al mismo nivel que Volt). El partido venía de una época de luchas intestinas, con la salida de Sahra Wagenknecht en 2023 junto a nueve diputados, o la salida de cinco diputados en Berlín en octubre del 2024, acusando al partido de antisemitismo. Por su parte, la escisión socialchovinista BSW («Alianza Sahra Wagenknecht») o, en palabras propias de Wagenknecht, de «izquierda conservadoras», se quedó a las puertas del Bundestag, con un 4,98% (el mínimo para acceder al parlamento es 5%) de los votos, penalizada por su votación junto a AfD y CDU en la ley para un control duro de la migración, por sus cogobiernos con la CDU en Turingia y Brandeburgo, acusaciones de malversación de fondos en Turingia, el culto personalista a Wagenknecht y la escasa permeabilidad en la base social.
Por qué Die Linke ha resucitado, está todavía por analizar, pero se pueden dar unas pinceladas. Cabe destacar por una parte el esfuerzo que ha hecho la organización por la unidad después del traumático proceso que dio lugar tras las diversas escisiones. Esto pareció materializarse en el congreso del partido del pasado octubre en Halle y en la nueva dirección entrante. La salida del partido de aquel sector social-chauvinista le permitió al partido adoptar un discurso en materia de migración no solo opuesto a la extrema derecha, sino capaz de ocupar el polo opuesto en una sociedad crecientemente derechizada.
Una campaña electoral para recordar en la izquierda
El «¡A las barricadas!» de la cabeza de lista de Die Linke, Heidi Reichinnek, aún resuena en la sala del Bundestag. Mientras CDU, AfD, FDP y BSW votaban a favor de acabar con el derecho de migración y asilo (frustrado por la ausencia calculada de aproximadamente una veintena de diputados de CDU y FDP), Reichinnek se erigía como la verdadera líder de la oposición en dos sesiones parlamentarias consecutivas en la última semana de enero. Su discurso, claro polo opuesto a la derechización del país, se convertía en un símbolo de resistencia. 30 millones de visualizaciones en redes sociales desbancaba además a AfD como líderes en internet. Mientras Die Linke hasta ese momento subía lentamente en las encuestas, escalando a un 4-5%, desde ese día la tendencia se acelera y la dinámica de la campaña electoral coge un nuevo impulso. No solo las encuestas iban escalando, sino que se registra desde el 1 de enero una subida de casi 30.000 militantes y el partido roza los 100.000 (seguramente llegue a esa cifra próximamente), superando el nivel récord de militancia de 2009 (en torno a 80.000), poco después de la creación del partido.
Die Linke también debe su éxito a un liderazgo combinado. No todo se ha fiado a la figura de Reichinnek, que se ha convertido en el símbolo de las redes sociales, llegando especialmente a un público joven y muy especialmente a las mujeres. El otro cabeza de lista, Jan van Aken, se convertía en el rey de los debates, mandando callar a Tino Chupralla, líder de AfD, cuando este difamaba a la migración, y espetando a Sahra Wagenknecht, cuando ella hablaba de que representaba a las clases populares, «Sahra, hace cuánto no vas tú a un barrio obrero». A ello se suma Gregor Gysi, el emérito político procedente de la antigua RDA que vive una nueva juventud. Con una retórica cercana, teñida de cierto sentido del humor, ganaba también a una parte de votantes jóvenes y mayores. Él ha sido parte de la llamada Mision Silberlocke («Misión edad de Oro»), en la que se fiaba originalmente la entrada de Die Linke en el Bundestag a tres candidatos directos mayores: Gregor Gysi, el expresidente de Turingia Bodo Ramelow y el exportavoz parlmentario Dietmar Bartsch. Finalmente, la coportavoz del partido, Ines Schwerdtner, también ha sido un soplo de aire fresco y convirtiéndose en el nexo con sindicatos y barrios obreros.
Finalmente, la estrategia de campaña ha sido la acertada, aunque se deje algunos pelos en la gatera. Por un lado, la focalización en unos pocos temas: la redistribución de la riqueza, el control federal de precios de alquiler de vivienda y del pequeño comercio, la reforma radical de impuestos y el control de precios de bienes básicos. En un segundo plano quedaban los temas más controvertidos como la política exterior (especialmente en relación a Ucrania y Oriente Medio) y la política climática (de tendencia decrecentista). Esto no se debe a que el partido no tenga unas resoluciones claras: fin a la exportación de armas a Ucrania y a Israel, reconocimiento del Estado Palestino, prohibición de instalar cohetes de la OTAN en Alemania, neutralidad climática en 2035, restructuración de la industria del automóvil descartando el coche eléctrico como alternativa… Esto en parte se relaciona con un análisis realizado antes de la campaña electoral, donde se observaba que los otros temas eran las principales preocupaciones sociales, y no las segundas.
Las ofensivas puerta a puerta son también parte del éxito de Die Linke. Por primera vez un candidato del oeste gana su distrito de forma directa: Ferat Kocak en Berlín-Neukölln con una campaña en la que se ha llamado a más de 130.000 puertas con 2.000 militantes y simpatizantes implicados en el proceso. En general en todo el oeste de Alemania Die Linke ha mejorado sus resultados. Mientras habitualmente la diferencia este-oeste era muy grande, esta vez han sido Berlín (donde Die Linke ha vencido con casi el 20%), Hamburgo y Bremen los feudos de la izquierda y en ningún Land del oeste Die Linke ha bajado del 5%, incluida la difícil plaza bávara, donde ha obtenido un 5,8%, e incluso superado el 10% en ciudades como Nüremberg. Esto no significa que Die Linke haya perdido del todo el este: de los 6 mandatos directos obtenidos, 3 son del este de Berlín, uno en Erfurt (Turingia) y uno en Leipzig (Sajonia). Este último, Sören Pellmann, obtenía en algunas mesas de Leipzig-Connewitz incluso el 70% de los votos.
Die Linke tiene, sin embargo, un techo de momento, las áreas rurales y la población mayor de 50 años. Mientras que ha vencido entre población joven, y especialmente entre las mujeres urbanas, no consigue llegar al voto de pensionistas, hombres de mediana edad y el voto rural. Sin embargo, no se trata solo de clases medias acomodadas urbanas: según la encuesta de Infratest Dimap, Die Linke obtiene mejores resultados entre las personas precarias frente a las que tienen una situación económica buena.
El partido de la Izquierda tiene retos por delante: en primer lugar, organizar esa energía entrante (+ 70% de militantes desde el año pasado), que sin duda tensiona las estructuras. Sin embargo, es el tipo de problema que Die Linke quiere tener. En segundo lugar, mantener la unidad del partido en una militancia que ha cambiado también ideológicamente. Tercero, no dejarse llevar por la autocomplacencia de la entrada en el Bundestag con el 8,8%, sino seguir apostando por la oposición radical de izquierdas y seguir ofreciendo un proyecto alternativo en una sociedad que está decididamente balanceada hacia la derecha. Los próximos años en Alemania pintan grises, pero también hay visos de esperanza.







