Decimos muchas mujeres —y, afortunadamente, cada vez más hombres que se alían con nosotras— que la Justicia es patriarcal, porque las leyes y la aplicación de las leyes no están fuera de la realidad, están impregnadas de los valores o los contravalores que son hegemónicos en cada momento y responden a las contradicciones históricas. Una de esas contradicciones es la contradicción de género, el patriarcado es un conjunto de pactos entre los hombres para mantener a las mujeres en la situación que a ellos les viene mejor y, frente a esa determinación de los hombres por perpetuar sus privilegios, las mujeres luchamos por conseguir la igualdad. ¿Quiere esto decir que todos los hombres son iguales entre sí? Ni mucho menos; entre ellos existen diferencias de clase social, diferencias étnicas, religiosas y culturales; de hecho, un hombre de la clase obrera y un hombre de la burguesía están enfrentados porque pertenecen a clases sociales antagónicas, pero ambos pueden pensar que las mujeres —de una u otra clase— están subordinadas a ellos.
El patriarcado es, efectivamente, ese conjunto de pactos entre varones, pero hay una definición de la filósofa Cristina Molina que lo concreta un poco más: “El patriarcado es un sistema de adjudicación de espacios” y así ha funcionado durante siglos: el espacio público para los hombres y el espacio privado para las mujeres. Si las mujeres nos resignamos a permanecer en el espacio adjudicado, con las reglas explícitas o tácitas que hay que cumplir, podemos estar seguras —aunque no siempre—; incluso podemos ser valoradas, amadas, agasajadas… pero, si se nos ocurre salir de ese espacio, nos puede ocurrir cualquier cosa: desde ser ninguneadas, ignoradas e incomprendidas, hasta sufrir cualquier tipo de violencia. Dicho de otra manera: las mujeres, para estar seguras, deben comportarse como si tuvieran un propietario: esto es lo que los hombres respetan, no la libertad de una mujer que se sale de la esfera privada y se presenta como dueña de sí misma en la esfera pública. El patriarcado es, efectivamente, el poder de asignar espacios porque, si no es así, no se entiende que una mujer, después de sufrir una agresión sexual, sea puesta bajo sospecha cuando la denuncia; que alguien piense que es mejor que guarde silencio y deje tranquilos a sus agresores y que le extrañe que trate de reanudar su vida, cuando lo que debería hacer es encerrarse a llorar en su cuarto y culpabilizarse por no ser suficientemente espabilada para darse cuenta de las intenciones de los hombres o por no oponer bastante resistencia; es lamentable que una mujer que denuncia, sufra una violencia añadida en el proceso judicial, porque sus palabras pueden ser malinterpretadas o interpretadas a priori y su testimonio puede “no ser fiable”, como hemos visto recientemente en la resolución del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña que ha absuelto a Dani Alves del delito de agresión sexual por el que fue condenado.
Sí, es una de las múltiples formas en las que se expresa el patriarcado y tenemos que ser conscientes de su mano alargada, para poder hacer más contundente y eficaz nuestra lucha. Porque no vamos a dar ni un paso atrás en la construcción de un mundo en el que no seamos sujetos de nuestra propia vida y no objetos de los pactos entre varones; en el que podamos compartir todos los espacios en libertad sin ser puestas bajo sospecha, sin soportar que interpreten nuestras palabras o se dude de nuestro testimonio. Debemos rearmarnos de feminismo, denunciar la violencia, mostrar nuestra solidaridad con cada una de las víctimas y exigir justicia en igualdad.








