“Preguntadlo todo, como hacen los niños. ¿Por qué esto? ¿Por qué lo otro? ¿Por qué lo de más allá? En España no se dialoga porque nadie pregunta, como no sea para responderse así mismo. Todos queremos estar de vuelta, sin haber ido a ninguna parte”.
Así decía Juan de Mairena, el profesor ficticio creado por Antonio Machado, el poeta, que muy bien podría definir el espíritu de otro Antonio Machado, su abuelo, pero (sobre todo) un enorme científico que contribuyó desde los inicios a traer a España el darwinismo. Antes incluso de que “El Origen de las especies” estuviera traducido en nuestro país y en un contexto político y religioso digamos, por ser suave, poco propicio.
Antonio Machado Núñez nació en Cádiz en 1815 y allí, a la jovencísima edad de 15 años, estudió en el Real Colegio de Cirugía de Cádiz, llegando a ser Doctor en 1838. También trabajó como colegial interno en el Hospital Militar durante la epidemia de cólera que sufrió la ciudad.
Sin embargo, no estaba llamado a la vocación médica; al menos, no en exclusiva.
Machado, como casi cualquier persona que en aquella España decimonónica tuviera inquietudes científicas, quería viajar y aprender. De Guatemala a recorrer Centroamérica, de la Sorbona de París a Suiza, Bélgica o Alemania.
Viajar le permitió, además de convertirse en un médico muy respetado y muy bien pagado, ponerse en contacto con nuevas ideas y descubrir su gran pasión: las ciencias naturales. Y, de hecho, a su regreso de los viajes lo tuvo claro y dejó de ser médico en Sevilla para dedicarse plenamente al estudio de la zoología, antropología, biología y, muy especialmente, la geología.
Machado se asentó en Sevilla y, después de su breve paso por el ejercicio médico en la ciudad, desarrolló su vida profesional alrededor de las ciencias especialmente en la Universidad de Sevilla, en la en 1846 tomó posesión de la cátedra de Mineralogía y Zoología.
En la década de 1840 se dio un terremoto en el ámbito científico sobre el que merece la pena detenerse brevemente. Charles Lyell revoluciona la geología con sus postulados recogidos en sus «Principios de Geología», obra fundamental para cambiar la forma en que se entendía la historia de la Tierra, influyendo también en la teoría de la evolución de Darwin. Nuestro protagonista estaba en aquellos tiempos dando clases de geología en la Universidad de Sevilla y, fruto del interés en todo el movimiento renovador en la Ciencias que había conocido en sus viajes, se convirtió en uno de los defensores de estos postulados de Lyell.
Para entender la importancia de estos hay que señalar que planteaban algo que ahora parece obvio pero que hasta entonces no lo era: a saber, que los procesos geológicos que vemos hoy son los mismos que han actuado a lo largo del tiempo para dar forma a la Tierra. Es decir, que los cambios no se debían a catástrofes generalizadas y repentinas, como se pensaba hasta entonces (el Diluvio, como ejemplo paradigmático). Darwin bebió de estos postulados y, llevándolos al marco de los seres vivos, propuso que las especies también cambian gradualmente a lo largo del tiempo. Esto es, evolucionan.
Tremenda sacudida en el panorama científico que también llegó a España, vía Sevilla, de la mano de Machado. Desde la libertad de cátedra que defendía un krausista convencido como él, fue un defensor infatigable del darwinismo y no perdió oportunidad de hacer proselitismo por las tesis evolucionistas en una España teñida de prejuicios religiosos.
Y ojo porque lo propugnaba en un momento en que, como decíamos al principio, ni siquiera se había publicado la traducción en España de “El Origen de las Especies”, obra fundacional del darwinismo, que tuvo lugar en 1877. Nuestro abanderado de las ideas liberales y revolucionarias que implicaba el marco evolutivo ya comentaba en sus clases textos del propio Darwin o de Haeckel.
Nueve años antes de la publicación de la obra de Darwin, en 1850, Machado dejaría una impronta inolvidable en la ciudad de Sevilla: dos cajones de minerales y un esqueleto, donados por el Ministerio, y toda su colección de minerales y animales disecados conformarían el primer Gabinete de Historia Natural de Sevilla. Y este Gabinete, que hubo de ser ampliado y reformado por la cantidad de donaciones particulares que recibió, acabó siendo semillero de intensos debates científicos y cuna del darwinismo en nuestro país. Todo ello, insisto, antes incluso de la publicación de “El Origen de las especies”.
Desde la libertad de cátedra que defendía un krausista convencido como él, no perdió oportunidad de hacer proselitismo por las tesis evolucionistas en una España teñida de prejuicios religiosos
Nuestro protagonista no solo fue un científico infatigable y un revolucionario del pensamiento, también un sevillano comprometido con su ciudad y con hacerla referencia en España y en Europa de las ideas más renovadoras y progresistas. Cabe señalar que, durante la Revolución de la Gloriosa en la que se involucró de manera intensa, Machado fue alcalde interino de Sevilla, Gobernador y Diputado. Todo ello a la vez que fundaba la Revista mensual de filosofía, literatura y ciencias de Sevilla junto a otros compañeros, krausistas como él.
Desde esta revista, Machado y muchos otros filósofos y científicos escriben y nos traen numerosas obras y traducciones de las más avanzadas publicaciones enmarcadas en las tesis evolucionistas, convirtiéndose en sujetos receptores de las iras clericales, como es de suponer.
También por aquella época (1871) y junto a Federico de Castro, funda la Sociedad Antropológica de Sevilla. Desde 1868 a 1874, la revista y la sociedad antropológica sacudieron los cimientos de la ciencia andaluza y española.
Sin embargo, la llegada de Cánovas y la restauración borbónica significó la ruptura de este sueño de llevar la ciencia española a la modernidad y a la excelencia: presiones de un clero sediento de venganza tras lo que consideraban años de oprobio acabaron consiguiendo la expulsión de sus puestos de los catedráticos revolucionarios.
Machado no pudo conseguir de nuevo una Cátedra hasta ocho años después, en la Universidad Central de Madrid, donde siguió trabajando en la necesaria revolución científica hasta su muerte en 1896.
Antonio Machado Núñez fue mucho más que el abuelo de dos poetas. Aunque la ciencia se construye con muchas manos y más cabezas, él quiso y supo comprometerse con una ciencia libre y con vocación de liberar. Y lo hizo desde Sevilla, con dos cajones de minerales y un esqueleto.







