Mis padres, dos niños de 100 años

Su lucha contra la injusticia partía de la necesidad de la esperanza. Y eso es difícilmente reprochable. Confiaban en el ser humano.
Asunción Balaguer junto a su marido, Francisco Rabal | Álbum familia Rabal Balaguer
Asunción Balaguer junto a su marido, Francisco Rabal | Álbum familia Rabal Balaguer

Recuerdo que en su último cumpleaños le regalé a mi padre una pluma estilográfica. La recibió con dos sonoros besos como acostumbraba y, como también era costumbre, se le escapó una lágrima de alegría.

Antes de que acabara de resbalar por su mejilla, me sorprendió con toda una declaración de principios: “Tengo una radio, coche con aire acondicionado, aire acondicionado en mi habitación y ahora, pluma estilográfica… ¡Qué más lujos puedo querer ya!”. Ese era el valor que le daba al vicio de acumular bienes materiales. Tener una radio, aire acondicionado y una pluma estilográfica, incluso le parecía excesivo a un hombre que empezó a trabajar siendo niño, pudo comprarse la primera maleta con veintidós y el primer pijama un año más tarde.

Mi madre nació en otro ambiente, en el seno de una familia de la burguesía catalana, con lo que era normal que la vida le tuviera preparada una existencia acompañada de un marido aburrido, una retahíla de hijos, obras de caridad y, con suerte, un abono al teatro o la ópera.

Pero no fue así. Desde bien niña decidió que quería ser actriz, lo que, en aquella época, significaba, más o menos, ser puta. Claro que, también ella, tenía su propia declaración de principios: “Yo haré lo que mi padre quiera, si a mi madre no le importa y a mí no me incomoda”.

No había amor en la casa familiar de mi madre. Tal vez por eso, hizo del amor su bandera. Y tal vez, por la misma razón, tras un desafortunado primer encuentro con mi padre en la compañía teatral donde se conocieron, acabó por fijarse en el joven actor recién incorporado que dedicaba los ratos libres a escribir a los suyos.

Nos regalaron tantas vidas como fueron capaces de vivir, sin perder la ilusión de ser dos niños jugando a ser felices

Sin embargo, había algo más, algo que les unió de por vida. Mientras los compañeros se quejaban de las pensiones o de la escasa comida, Paco, mi padre, estaba feliz. Venía de una familia pobre y para él dormir en una cama, por miserable que fuera, o comer todos los días, era un lujo. Pero, además, estaba cumpliendo su vocación, algo impensable para el hijo de un minero en aquella España que más que un país parecía una comisaría.

Lo mismo le pasaba a Asunción, mi madre, aunque por otras razones. No eran tiempos amables para las mujeres. Tenían más en común que lo que la diferencia de clases podría hacer suponer. Los dos habían roto con su destino. A pesar de todo, eran libres. Y libres, se enamoraron.

Juntos, porque me es imposible hablar de ellos por separado, tuvieron una vida más rica de la que hubieran podido imaginar. Viajaron por el mundo, gozaron de la amistad y cariño de los más grandes personajes de nuestra reciente historia y, lo que es más importante, de los más humildes.

Siempre estuvieron junto a los débiles, los desfavorecidos, los olvidados. Jamás se escondieron cuando hubo que dar la cara, ni evitaron luchar hasta el fin de sus días por los derechos que, por nacimiento, deberían corresponder a cada uno de los habitantes del planeta. Hicieron lo que les dictaba su conciencia. No renegaron de sus raíces, ni se mostraron distintos a cómo eran.

Pero nunca hubo en ellos sentimiento alguno de revancha. Su lucha contra la injusticia partía de la necesidad de la esperanza. Y eso es difícilmente reprochable.

Confiaban en el ser humano. Dedicaron su tiempo a comprender la materia de la que estaba hecho. Por eso le estaban tan agradecidos a su oficio. Nos regalaron tantas vidas como fueron capaces de vivir, sin perder la ilusión de ser dos niños jugando a ser felices.

Dos niños que ahora, ¡lo que son las cosas!, acaban de cumplir cien años.

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ACTOR

Ser actor es emoción
convencerte de que vales.
tener imaginación.
que supere tu razón
a la de los animales.

Sobre todo vocación
ni abrir. ni cerrar vocales.
no envidies a tus iguales
y fija tu observación
en las cosas más banales.

Sé humilde, no cicatero
respeta al espectador
y trabaja con amor

no para ti, al compañero,
que serás más verdadero
al público y al autor.

Francisco Rabal, COPLAS Y RIPIOS
Alpedrete, 16 de Agosto de 1998,

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