En las trincheras de la superestructura, la lucha de clases asume hoy una forma particularmente insidiosa. Asistimos, no sin cierta alarma teórica, al avance de una marea irracionalista que, parapetada tras el escudo de la “incomodidad” subjetiva y la sacralización del “sentimiento herido”, pretende volar por los aires los mismos cimientos de la crítica científica. Desde un punto de vista marxista, y recuperando el espíritu del racionalismo, consustancial a este, se hace necesaria una defensa rigurosa de la razón, la ciencia y el debate como herramientas imprescindibles para la transformación de la realidad objetiva.
El marxismo no entiende la razón como una cosa abstracta, ajena a la historia, sino como un producto del desarrollo de la materia altamente organizada (del cerebro humano), en su práctica con el mundo exterior. La sensación, nos enseñó Lenin en “Materialismo y empiriocriticismo”, es la transformación de la energía de la excitación externa en hecho de conciencia. Afirmar que la verdad objetiva debe ceder ante la “vivencia” interna, renunciando al análisis de la realidad material por un confort psicológico, es una recaída en el idealismo subjetivo más estéril. El criterio de la verdad no está en la paz espiritual del individuo, sino en la praxis, en la verificación experimental y en la capacidad de la teoría para transformar el mundo.
Una cosa es el malestar que expresa una contradicción estructural (el hartazgo del precariado, el dolor de quien sufre el racismo o la homofobia, el cansancio de la mujer trabajadora)… y otra muy distinta es elevar la incomodidad subjetiva a categoría epistemológica suprema
Frente a ese racionalismo materialista, una determinada variante del irracionalismo contemporáneo se presenta con una máscara de progreso. Se ha instalado la peligrosa costumbre de acotar el debate resguardándose en la ofensa, entendida como puro gesto retórico que blinda una posición. Se impone aquí una distinción materialista obligada: una cosa es el malestar que expresa una contradicción estructural (el hartazgo del precariado, el dolor de quien sufre el racismo o la homofobia, el cansancio de la mujer trabajadora), sentimientos que son en sí mismos datos objetivos de la realidad social y que el marxismo no solo respeta sino que analiza como síntomas de la explotación; y otra muy distinta es elevar la incomodidad subjetiva a categoría epistemológica suprema, inmunizándola frente a cualquier contraste racional. Lo primero es materia de análisis revolucionario; lo segundo, una coartada idealista. En este segundo paradigma un razonamiento estructurado puede ser rechazado no porque sea lógicamente falso o porque no corresponda a los hechos, sino simplemente porque incomoda la autopercepción del interlocutor. El truco maestro de quienes vacían el conflicto político para convertirlo en una terapia del yo consiste en confundir ambas cosas (la herida que desvela una estructura de dominación con la ofensa que blinda un privilegio discursivo). Esta tiranía del pathos sobre el logos representa un retroceso filosófico de graves consecuencias políticas. Si concedemos que un sentimiento, por el solo hecho de ser sentido, es inmune a la crítica racional, cerramos la puerta a la posibilidad de desenredar las contradicciones internas de la realidad. Marx no abandonó el análisis de la plusvalía porque le espantara incomodar la conciencia burguesa; Lenin no cesó de denunciar el oportunismo porque le importara herir la sensibilidad de los conciliadores.
No se niega con esto la realidad material del sufrimiento bajo la explotación capitalista… Se trata de combatir su uso como fetiche para dar por cerrado el pensamiento, una operación que, paradójicamente, despoja al propio sufrimiento de su anclaje estructural y lo reduce a un drama psicológico individual que el capitalismo puede gestionar perfectamente con un departamento de recursos humanos y una «app» de meditación
No se niega con esto la realidad material del sufrimiento bajo la explotación capitalista, el machimo, la homofobia o el racismo. Al contrario: precisamente por ser objetivo y verificable en las condiciones materiales de existencia, ese sufrimiento constituye un objeto de conocimiento científico y no un coto privado de vivencias incomunicables. Se trata de combatir su uso como fetiche para dar por cerrado el pensamiento, una operación que, paradójicamente, despoja al propio sufrimiento de su anclaje estructural y lo reduce a un drama psicológico individual que el capitalismo puede gestionar perfectamente con un departamento de recursos humanos y una app de meditación. La ciencia, como sistema de conocimientos objetivos que está siempre en desarrollo, se basa en el principio del debate abierto y la refutación. La dialéctica en su parte racional, es la lucha de los contrarios como principio del movimiento. Acallar una posición argumentada porque el interlocutor se siente “incomodado” es una forma de agnosticismo reaccionario. No se trata de negar las emociones o los traumas (factores materiales que operan en la psique y que tienen causas sociales que el marxismo está obligado a investigar), sino de negarles el estatus de juez supremo e inapelable de la verdad. Reducir la ontología a la psicología individual es la victoria póstuma de un idealismo solipsista que desarma a la clase trabajadora, pues si no hay una realidad objetiva que conocer y transformar (y si el malestar que genera el capitalismo no puede ser analizado con herramientas que vayan más allá del propio malestar), la explotación se convierte en una mera percepción sentimental y no en un hecho económico-estructural.
Destruir toda posibilidad de diálogo aduciendo incomodidad es una manifestación de lo que Lukács llamaría la cosificación de la conciencia, pero entendida aquí en su doble rostro: no sólo es cosificación la frialdad abstracta del cálculo burgués que separa al sujeto de la totalidad, sino también la hipertrofia de la subjetividad que, al absolutizar el sentimiento individual, lo divorcia igualmente de las condiciones materiales que lo producen. El fetichismo de la forma subjetiva encubre el contenido material tanto como lo hace el economicismo más árido; ambos mutilan la totalidad desde polos opuestos. El que se atrinchera en la ofensa para no discutir renuncia a la universalidad del concepto y se encierra en la particularidad de su mónada sensible. Esa praxis es objetivamente reaccionaria, porque fragmenta al sujeto revolucionario colectivo en mil átomos emocionalmente incomunicados, incapaces de formular un análisis de totalidad. La conciencia de clase necesita la mediación entre lo vivido y lo conceptual; suprimir uno de los dos polos (tanto por exceso de abstracción desencarnada como por exceso de inmediatez sentimental) es mutilar la dialéctica. La clase obrera no puede permitirse el lujo de ser sentimentalista en la teoría; necesita la aguda herramienta de la razón para descubrir las leyes del capitalismo en su fase imperialista. Pero esa misma razón, si quiere ser verdaderamente revolucionaria, debe arrancar de la experiencia material del sufrimiento y la explotación, no debe flotar por encima de ella. El materialismo no suprime la emoción: la explica, la sitúa y, al hacerlo, la dota de potencia transformadora en lugar de encerrarla en el callejón sin salida de la queja privada.
Por eso, en vez de exigir el diálogo como una cortesía, los comunistas hemos de defenderlo como una necesidad epistemológica y política. No se trata de reclamar un debate que acabe con el rival, sino de apuntar una verdad incómoda que nos incumbe a todos, incluso al que esto escribe: quien antepone sistemáticamente la ofensa sentimental a la fuerza del argumento para eludir el examen crítico de sus propias posiciones no está debatiendo de otra forma, está abandonando la lucha colectiva por la verdad. La conciencia de clase no se forja en el invernadero estéril de la validación emocional constante, ni tampoco en el laboratorio gélido de una razón desgajada de la vida. Se forja en el fragor del análisis crítico, donde las ideas chocan, se refutan y se sintetizan, y donde la experiencia vivida del explotado (con toda su carga de indignación, dolor y urgencia) es el punto de partida obligado de la reflexión, no su enemiga. Defender la ciencia y el racionalismo frente al irracionalismo acomodaticio no es un acto de agresividad, es un acto revolucionario. Exigir el respeto a la lógica materialista frente al subjetivismo idealista no es una ofensa: es un acto de higiene democrática. Y echar mano de la ofensa sentimental como recurso sistemático para rechazar el debate no es un gesto de empatía. Es la construcción de un solipsismo que desarma a la clase trabajadora, pues renuncia de antemano a la única herramienta capaz de transformar la compleja (y a menudo incómoda) verdad objetiva: el logos compartido. Un logos que solo puede brotar cuando reconocemos que el otro tiene derecho a interpelarnos y que el dolor, para ser políticamente fecundo, necesita nombrarse, comprenderse y, finalmente, organizarse.







