Asia Occidental atraviesa una reconfiguración que los aparatos propagandísticos del imperialismo no son capaces de ocultar. Desde el 28 de febrero de 2026, cuando las fuerzas de Estados Unidos atacaron Irán, la región ha sido escenario de una confrontación entre dos mundos: el del poder imperial en declive frente al de la resistencia soberana de un pueblo que decidió que su independencia no era negociable.
Para comprender el memorando de entendimiento firmado entre Washington y Teherán es necesario partir de un contexto más amplio. La alianza entre Estados Unidos y la entidad sionista israelí constituye hoy la principal amenaza a la paz en la región y en el mundo. Dos proyectos convergentes arrastran a Gaza, el Líbano e Irán hacia una guerra de alcance global: el proyecto colonial del Gran Israel, que avanza sobre cada centímetro de tierra que reclama como propio, y el imperialismo norteamericano en su fase de decadencia, incapaz de mantener su hegemonía frente al ascenso de China por medios consensuales y que por ello recurre a la fuerza directa. Lo mismo que hace con Cuba y Venezuela lo hace en Asia Occidental con Irán: bloquear sus alianzas, aislar a sus socios, controlar los recursos energéticos que alimentan el crecimiento de su rival estratégico.
Cuando una potencia que prometió la victoria total firma un memorando con el adversario al que se comprometió a destruir, hay dos maneras de leerlo: la de la propaganda oficial, que construye un relato de éxito sobre los escombros de los objetivos incumplidos, y la del análisis político, que toma el texto tal como es, lo confronta con los objetivos declarados al inicio y saca las conclusiones que los hechos imponen.
Análisis del memorándum
Trump inició la guerra proclamando objetivos maximalistas: victoria total, rendición incondicional, eliminación del programa de enriquecimiento de uranio, colapso del gobierno del Estado persa. Cuatro meses después, ninguno se ha materializado. El gobierno iraní sigue en pie. El programa nuclear no ha sido desmantelado. El acuerdo tiene la misma arquitectura fundamental que el pacto de 2015 que Trump presentó como la mayor humillación de la diplomacia estadounidense. Y la única apertura concreta que Washington puede exhibir —el restablecimiento del tráfico en el Estrecho de Ormuz— es el regreso al estado de cosas anterior a la guerra, lo que equivale a una victoria iraní sin paliativos.
El análisis del memorando muestra con precisión la magnitud política de lo ocurrido. La primera cláusula obliga a todas las partes al cese permanente de operaciones militares en todos los frentes, incluido el Líbano, y a garantizar la soberanía libanesa: que la superpotencia quede formalmente obligada a garantizar la integridad de un Estado que su propio aliado lleva décadas violando define el tono de todo lo que sigue. La segunda supone la renuncia formal de Washington a la política de cambio de régimen, incorporada a una resolución vinculante del Consejo de Seguridad. Las cláusulas cuarta y quinta obligan a levantar el bloqueo naval y a la retirada de fuerzas estadounidenses de las proximidades de Irán. La sexta condensa la naturaleza del resultado: Washington se compromete a un plan de reconstrucción económica de Irán dotado con al menos trescientos mil millones de dólares. El vocabulario es el de las reparaciones: la potencia agresora se obliga a financiar la reconstrucción del país que intentó destruir. Las cláusulas séptima, décima y undécima establecen el levantamiento de la totalidad de las sanciones y la liberación de los fondos bloqueados.
Tan importante como lo que el memorando dice es lo que deliberadamente no dice. Durante años, Washington y Tel Aviv presentaron dos exigencias como no negociables: la limitación del programa de misiles balísticos iraní y el cese del apoyo a los movimientos de resistencia. Ninguna figura en ninguna de las catorce cláusulas. El programa de misiles, principal instrumento de disuasión de Irán frente a la superioridad aérea israelí y estadounidense, permanece intacto y fuera de cualquier negociación futura. El apoyo a los movimientos de resistencia, que el derecho internacional ampara y que la Resolución 3070/73 de la Asamblea General de la ONU reconoce, no ha sido objeto de concesión alguna. Irán sale de la guerra con su arquitectura de seguridad regional intacta en todos sus componentes.
La resistencia iraní no fue solo una cuestión de capacidad militar: fue una demostración de cohesión política y social que Occidente nunca pudo anticipar
La resistencia iraní que no supieron ver
La resistencia iraní no fue solo una cuestión de capacidad militar: fue una demostración de cohesión política y social que Occidente nunca pudo anticipar porque partía de un supuesto equivocado. La idea de que la presión exterior aceleraría la fractura interna es el mismo error que el imperialismo repite con regularidad patológica. La agresión produce, en la práctica, exactamente lo contrario: cohesión. El arsenal de misiles de precisión estadounidense quedó prácticamente agotado sin que la resistencia iraní se doblegara. La sociedad cerró filas en torno a la defensa de la soberanía nacional con una determinación que desmintió todos los escenarios de colapso que durante años circularon en los centros de análisis de Washington.
El pueblo libanés no fue sacrificado en aras de un acuerdo que solo beneficiara a Irán. Teherán antepuso el compromiso con sus aliados al alivio inmediato
Ningún elemento de la conducta iraní ilustra mejor su coherencia que la exigencia de que el Líbano quedara cubierto por el cese de hostilidades como condición no negociable. Bajo bombardeo y con presión extrema, Teherán antepuso el compromiso con sus aliados al alivio inmediato. El pueblo libanés no fue sacrificado en aras de un acuerdo que solo beneficiara a Irán. En un panorama donde las grandes potencias han demostrado repetidamente su disposición a abandonar a sus aliados cuando el coste supera el beneficio calculado, esa conducta establece un parámetro diferente y genera la credibilidad que en las relaciones internacionales se convierte en recurso político de primer orden.
La función de Israel en esta guerra no puede reducirse a la de un aliado influyente. Netanyahu arrastró a Trump garantizándole que el gobierno iraní caería rápidamente. Subyace a ese arrastre la lógica estructural del colonialismo de asentamiento: un proyecto colonial que se detiene deja de justificarse internamente. Por eso la paz real es incompatible con la continuación del proyecto sionista, no por el belicismo personal de sus actuales dirigentes, sino por la lógica que lo constituye. Esa incompatibilidad explica por qué Israel sabotea sistemáticamente los acuerdos que su propio patrocinador negocia, y explica que haya ignorado e incumplido el alto el fuego con el Líbano con la misma normalidad con que ignora las resoluciones del Consejo de Seguridad.
La guerra contra Irán es el eslabón más reciente, claro y visible de un ciclo histórico repetido con regularidad: la potencia hegemónica subestima la resistencia de quien defiende su soberanía, lanza una operación que promete ser rápida, descubre que la resistencia es más profunda de lo calculado e incurre en costes que no estaba dispuesta a asumir. El imperialismo tiene una lógica propia que lo obliga a repetir esos errores porque sus intereses estructurales le exigen intentar mantener una dominación que las fuerzas históricas están erosionando. El coste de esa lógica no lo pagaron solo los beligerantes: el cierre del Estrecho de Ormuz ha interrumpido el 20% del comercio mundial de petróleo y la espiral inflacionaria resultante se midió en facturas y en hambre en el Sur Global.
Catorce cláusulas. En cada una está escrita, con la frialdad del lenguaje diplomático, la historia de lo que ocurre cuando un pueblo decide que su soberanía no es negociable. Y cada una aporta una enseñanza que trasciende el caso iraní: que la coherencia de principios —el internacionalismo real, la lealtad a los aliados cuando esa lealtad es costosa, la negativa a aceptar condiciones que comprometan la soberanía— no es solo una opción moral sino una estrategia política eficaz. El mundo que emerge de esta guerra es un mundo en que las alianzas antihegemónicas son más sólidas, en que el agotamiento del arsenal de la mayor potencia militar de la historia ha quedado expuesto ante todos sus adversarios, y en que los pueblos del Sur Global disponen de un ejemplo verificable de que la resistencia soberana produce resultados. El fascismo neocolonial avanza cuando encuentra pasividad. Retrocede cuando encuentra organización, disciplina y dignidad.







