Relato finalista – V Concurso de poesía y relato de la Fiesta del PCA

La espera

"La espera". Relato finalista V Concurso de Poesía y Relato de la Fiesta del PCA

La oscuridad dentro de la celda está ya avanzada. Deben de ser mas de las seis de la tarde. La hora marcada las ocho. Espero con un anhelo estoico la llegada de la salvación. Mi padre me enseñó a no perder nunca la esperanza.

¿Cómo decía él? La esperanza es lo único que nos sobrevive tras nuestra marcha. Creo que era algo así. Intento no pensar en él, ni en mi madre, me pongo demasiado triste. Me asalta la nostalgia, los ojos se me inundan. No quiero que estos desgraciados piensen que tengo miedo, ni que estoy llorando.

El carcelero vino hace un rato. Me ofreció un cigarro, me preguntó si quería un café o algo. Le dije que no, no quiero que me hagan ningún favor. No quiero que ninguno se quede con el recuerdo de que me ayudó. Aun así sé que estos pobres verdugos son igual de desgraciados que yo. Esclavos de su tiempo, víctimas desde su nacimiento. Además, los pobres creen estar del lado correcto. Pobres. Ahora se me acerca el director de este infierno. Me dice que si he escrito algo para los míos, que se lo dé, que lo hará llegar. Cuando le he dicho que no, ha puesto cara de extrañado. Tampoco quiero dejar nada escrito en manos de este desalmado, lo creo muy capaz de no hacer llegar el escrito por el gusto de hacerme daño. Todos sabemos cómo ha llegado este señor a su cargo.

En un rincón me muerdo las uñas y fumo como lo que soy: un condenado. Sólo espero que llegue el sobre y con él, la respuesta. Esa que ya sé, pero que me niego creer. Además, por honrar a mi padre quiero creer, por mantener la esperanza, porque ella me sobreviva.

Ha pasado otro rato, no sé cuánto. Pero ahora hay aún menos claridad, ya casi no se ve el interior de la celda. Por ser el último día me trajeron a este habitáculo destartalado que no conozco, imagino que será para que no tenga la posibilidad de quitarme la vida. En mi celda, la que ha sido mi casa casi dos años, tengo objetos personales y podría haber ocultado algo que me ayudara a acabar con todo esto. Aquí solo hay humedad, silencio y desamparo.

Asomo mi cara entre los barrotes de la puerta, para ver si veo algo. Espero con angustia que aparezca alguien que no sea conocido. Alguien de fuera, porque el papel que espero, vestido con un sobre lacrado, solo puede traerlo alguien de fuera, una cara nueva. A esa esperanza me agarro aunque no quiera, porque en el fondo sé que esta situación solo tiene un final. Y no va a ser bueno. Si no me sientan hoy en el madero, me conmutarán la pena por una más grande, la perpetua. Y esa, en este penal, es eterna.

Escucho el portón del fondo abrirse. Entra alguien, pero no es para mí, es para otro compañero que llora al fondo. Le ha llegado el café que yo rechacé hace un rato. Cómo pasa el tiempo cuando uno se sabe ya enterrado.

Ya solo entra oscuridad por los barrotes de la ventana. Deben ser ya las siete cuando entra por fin el sobre con mi respuesta. Quiero que llegue ya para acabar de una vez con todo esto. Ya no soporto la espera, ya ni siquiera siento el miedo, sólo tengo la incertidumbre de cuándo acabará todo esto.

Cuándo terminará por fin toda esta farsa, este infame teatro. Me hirieron en el frente, en primera línea de mi columna, cerca ya del Ebro. Yo nunca llegué a cruzarlo. Me metieron en prisión, más de un mes estuve sin ver a un médico, intentaron ahí que todo esto acabara, pero mi juventud pudo con todo. Me cambiaron por tres veces de presidio, no sé que pretendían, en mi vida he viajado tanto.

Me juzgaron en cinco minutos, y no es un decir, es el tiempo que duró aquel teatro. Y me tuvieron por todo este tiempo en una celda esperando este día, un madero con un collar de hierro y un perno. Por último y por si no fuera ya bastante me obligaron a pedir la conmutación de la pena. Por la espera de ese papel llevo un mes más aquí encerrado. Esa debe de ser la única explicación por la que te obligan a pedir. Para tenerte aquí más tiempo agonizando.

Pero todo está a punto de acabar, oigo de fondo los pasos. Por el ruido tienen que ser al menos tres los que se aproximan. Abren la puerta, ninguno me mira a los ojos, deben de estar avergonzados. Sí, ya lo sé, solo sois unos desgraciados igual que yo. Dos me agarran por los brazos, el tercero me pone una capucha en la cabeza, no veo nada. ¡No!, son cuatro, otro me empuja en la espalda dirigiendo mis pasos. Enfilamos el pasillo, este sí lo conozco, por aquí me trajeron. Me meten en una sala grade con mucha luz, la noto a través del trapo. Me quitan la capucha y aquí estamos estos cuatro desgraciados y un servidor. Ahora se abre de nuevo la puerta. Entra el “Alcaide”, trae el semblante serio, quiere parecer humano. Me pregunta otra vez si quiero ver al cura. Le sonrío. De pronto me viene a la cabeza. ¡Cómo he podido olvidarlo!, me prometí que tendría la cabeza bien alta. La alzo. De ahí ya no la voy a mover, me prometo a mí mismo.

Todo el mundo está en silenció. Nadie se mueve mucho. El que me empujaba por la espalda está ahora agachado revisando el madero, el collar de hierro. Gira con fuerza una palanca y el perno chirría con estruendo. Todos parpadean. Yo agacho la cabeza. Me acuerdo de pronto de mi promesa y alzo el cuello.

La puerta se vuelve abrir, ahora entra un hombre. Pienso que debe ser algún funcionario. Va vestido con un traje que le esta inmenso, por lo menos dos tallas más grande, debió de ser de su padre o de un hermano. Ahora me fijo en sus manos, lleva un sobre. Y dentro un papel, con la contestación que espero. Entrega el sobre al Alcaide. Lo abre. Yo cierro fuerte los ojos. Mas silencio.

*05 de septiembre de 1940.

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