Si existiese la Sociedad General de Ideólogos/as y Teóricos/as, el Partido Comunista de España podría vivir de rentas. Podría reclamar derechos de autor sobre la mayoría de los análisis, diagnósticos, mensajes y propuestas políticas de la izquierda alternativa en los últimos años. Pero ni la SGIT existe ni es deseable que lo haga porque, siguiendo con el paralelismo establecido con la indeseable SGAE, ya existen demasiados “teddybautistas” de la política actualmente.
En Italia existe una familia que desde hace más de cien años cobra los derechos de autor de la mayoría de las óperas italianas y de las canciones napolitanas que suenan diariamente a lo largo del planeta. Ninguno de los dueños de la compañía Bideri escribió las partituras, ni tampoco su ancestro el barón Ferdinando Bideri, que fue quien montó el negocio parasitando el trabajo ajeno para que todos sus descendientes puedan vivir de rentas.
En nuestro país, donde todo mortal parece ahora crítico con el bipartidismo, con los partidos en general, con la izquierda, con el mundo, con los planetas que empiezan por vocal y hasta con el patito feo, sería bueno recordar que en las elecciones generales de 2008 el PP y el PSOE sumaron 21,5 millones de votos, y que 18 millones de votantes decidieron en 2011, hace tan solo tres años, que el bipartidismo era la panacea democrática. Y, sin embargo, ahora le reclaman responsabilidades a Izquierda Unida en igualdad de condiciones a los responsables de la bacanal económica, social y política. Errores en política se cometen muchos y se cometerán muchos más, porque en el fondo la política utiliza con frecuencia el método ensayo-error. Pero, aunque IU merezca buenos tirones de orejas, no puede responsabilizarse de la bomba de Hiroshima.
En los años 90, los barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) situaban en la extrema izquierda a aquella Izquierda Unida antisistema que señalaba con el dedo la lacra del bipartidismo con la teoría “de las dos orillas”. Una Izquierda Unida que enunciaba una crítica razonada, meditada y motivada del Tratado de Maastricht, aventurando con veinte años de adelanto sus consecuencias (aún a costa de un cisma interno). Una IU que centraba en un “programa, programa, programa” la necesaria síntesis de la izquierda, un programa que era el resultado de la unidad de acción de la izquierda, aquella que se construía en la movilización. Y el programa de entonces aportaba propuestas que veinte años después pululan por las redes y el boca a oreja como propuestas novedosas y transgresoras que serían incompatibles con la propia IU que las formuló. El cambio de modelo productivo, la burbuja financiera, la reforma de la ley hipotecaria, la despenalización de las drogas, el empleo “verde”, la reforma electoral, la crítica a la democracia formal, y un largo, larguísimo etcétera.
Incluso la crítica al modelo de partido clásico y la “vieja política” partió de las filas del PCE en 1986, y fue clave en la teorización del movimiento político y social en el cual siempre pretendió convertirse IU. El PCE fue pionero, por tanto, en plantear un movimiento que incluía la participación en su seno de organizaciones políticas, personas a título individual e incluía como elemento central a los movimientos sociales. Por eso a Izquierda Unida la identificaba el color rojo del movimiento obrero, el verde de la defensa del medio ambiente, el violeta reivindicativo de los derechos de la mujer y el blanco de la paz.
Y de la reprobación al modelo salido de la Transición también puede el PCE reclamar sus derechos de autor, ahora que está de moda jugar a la abominación del engendro. Para equivocarse también hay que ser protagonista, e incluso poner las víctimas, como en un despacho de Atocha.
En tiempos más recientes, el PCE habló de la crisis, la caracterizó y previno sus consecuencias cuando aún los “influyentes y exigentes” opositores negaban su existencia y llamaban a cerrar filas con Zapatero frente a la derecha cavernícola y cavernosa. Solo hay que ir a la hemeroteca y repasar las portadas de Mundo Obrero: “Que no te hagan pagar la crisis”, advertía en 2008. Hasta el punto de que el PCE popularizó y extendió el logotipo que caracterizó la lucha contra los recortes: un símbolo de prohibición sobre unas tijeras.
Y aún así, el PCE e IU, como en una terapia de reafirmación personal, deben buscar un punto ideal, equidistante entre el narcisismo y el síndrome de Zelig. Del narcisismo, porque en política una organización que admira absorta su propia figura en el lago de las vanidades siempre termina arrojándose a sus profundidades y pereciendo ahogada en un éxtasis onanista. En el otro extremo, la falta de autoestima impulsa a adquirir la personalidad del individuo político que ejerce en cada momento el rol dominante, es decir, a mimetizar su personalidad como en el caso de Zelig, el personaje de ficción creado por Woody Allen.
Vivimos tiempos en los que Unidad es el principio clave. En la Unidad hay que creer con firmeza, no puede ser un artificio retórico. Unidad sin exclusiones, para edificar un proyecto que por vez primera en la historia de este país se construya por y para las clases populares. Pero para ello son imprescindibles tres actitudes comunes a las partes que lo conformen: humildad, generosidad y respeto mutuo.
— Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?
— Y luego, ¿por qué me lo preguntas







