Obra: La vida resuelta
Autor: Marta Sánchez y David S. Olivas.
Compañía: Laruta.
Intérpretes: Carlos Santos, Berta Hernández, Rodrigo Poison, Nuria Herrero y Cristina Alcázar.
Director: Juan Pedro Campoy
Función: Teatro Municipal José María Rodero (Torrejón de Ardoz) el 2 de octubre de 2015
Una mujer que finge estar embarazada para recuperar a un desesperado amante cuya vida la pasa encerrado en casa, al cuidado de su hijo, tratando de escribir una novela y cuya esposa es una alta ejecutiva obsesa del trabajo que apenas tiene tiempo para ellos. Los tres se encuentran en una guardería a la que han ido para conseguir una única plaza para sus niños. A ella también ha llegado una pareja formada por un altisonante y musculoso cuarentón separado pero dominado por su exmujer y su novia, una sensual y tonta jovencita que, sin embargo, ve con más claridad lo que cada uno tiene que hacer con sus vidas.
No es la comedia de un remozado Arniches, el dramaturgo que triunfó a comienzos del siglo XX con sus sainetes; ni tampoco de un actualizado Alfonso Paso, que hizo lo propio a mediados del mismo siglo con sus comedias de situaciones. Pero no importa, siempre hay autores, Marta Sánchez y David S. Olivas en este caso, capaces de retomar un tipo de teatro banal, interesado en cambiar los 100 minutos de pobreza intelectual y crítica que dura el espectáculo por un buen pellizco en la taquilla. Naturalmente un teatro así, que no posee siquiera el oficio de Arniches o Paso porque se funda en un juego fácil de palabras, en imitaciones reconocibles para un espectador de televisión y en un pastiche de enunciados ramplones (la nostalgia por la desaparecida ilusión de la pareja, las angustias por no haber tenido una vida plena, la tristeza por las oportunidades perdidas, etc.), sólo cuenta agradar. Naturalmente un teatro así, que lo copia todo del más rancio cine norteamericano de familia, de conocidas teleseries en las que los autores participaron como guionistas, que repite sin rubor los lugares comunes del conservadurismo ideológico, tiene un público interesado que se preocupa por encontrar en esos 100 minutos, amables, simpáticos y llena de guiños con los que el espectador puede sentirse cómplice, 100 minutos de confirmación de que si sus vidas son estúpidas no son las únicas y de que si sus vidas reproducen la miseria cotidiana no son las únicas.
Con esta materia escénica poco pueden hacer los actores encerrados en arquetipos simples y en gestos reiterados que los definen por encima, y que deambulan por un diseño limpio de cualquier realidad. Y, sin embargo, está todo lo que caracterizó este tipo de banalidad artística: la elusión de lo social, la efusión de los exabruptos, la simplicidad de los equívocos de palabras, la caracterización tópica de los personajes, la impostación de las emociones, el chiste fácil, los gestos gruesos y las risas enlatadas que, sin embargo, esta vez salen, como diría Kantor, de un público muerto.







