España, república de trabajadores, de Ilyá Ehrenburg

Ilyá Ehrenburg nos impele a la lucha para recuperar la dignidad perdida con el combate, pero también nos advierte que para ello no puede haber tregua ni con los tibios, ni con las instituciones ni con sus perros guardianes.

Se ha publicado recientemente Gente, años, vida, del escritor Ilyá Ehrenburg, su voluminosa autobiografía que, aunque había sido editada anteriormente, ahora aparece en su integridad y traducida directamente del ruso. La gran recepción que ha tenido en los medios de comunicación -no solo ha sido monográfico en Babelia, suplemento cultural de El país, sino también ha suscitado la atención de escritores, plasmada en artículos y comentarios- nos ha conducido a comentar uno de los tres libros que escribió sobre nuestro país: España, república de trabajadores, a la espera de que en un futuro próximo podamos comentar sus memorias, libro que, por lo que hasta ahora conocemos, supera lo autobiográfico para erigirse en un documento de los avatares del siglo XX.

Después de una pequeña estancia en España en 1926, Ilyá Ehrenburg llega a Madrid en 1931 donde permanece durante varios meses. En este espacio de tiempo escribe España, república de trabajadores cuya estructura se asemeja al libro de viajes Andanzas y visiones españolas de Miguel de Unamuno, aunque con diferente conciencia en lo que respecta a sus posiciones descriptivistas, porque mientras el autor de El sentimiento trágico de la vida trascendentaliza el paisaje para idealizarlo, es decir, deshistorializarlo, la mirada del escritor ruso se apoya en el realismo: “lástima que todo esto no sea solo paisaje, sino la historia interminable de la infamia de los unos y la desdicha de los otros”, afirma en uno de sus capítulos.

En el prólogo a la edición española (1932) explica para quién escribió el libro y sus objetivos. “Este libro fue escrito por un ruso y para los rusos” con las dificultades, nos dice, que tiene un extranjero para comprender la complejidad y originalidad de la vida española, sus esperanzas y dolores.

Como él mismo subraya, el estilo como la música interna del texto es apasionada e injusta en muchas ocasiones. María Teresa León, cuando recuerda sus encuentros con Ilyá Ehrenburg en Memoria de la melancolía se detiene en sus evocaciones para hablarnos de su libro y sobre la propia opinión que tiene su autor de los aspectos antes señalados: “Nosotros lo conocimos entonces, cuando Madrid sacudido por las bombas temblaba de ira. Pero ya antes había estado en España y polemizado y disgustado a muchos y hecho rabiar a otros. Al poco tiempo de llegar el día 14 de abril de 1931, Ilyá Ehrenburg llegó a España. […] Hizo amigos, conoció a Federico, a Pablo Neruda, A Bergamín… Miró… Juzgó, criticó. Criticó amargamente en un libro: ‘España, republica de trabajadores.’… Escribió un libro amargo y, siguiendo su camino de polemista, consiguió que nadie se quedase contento”.

Esta opinión nos puede parecer discutible, pero se produce en un contexto determinado y ahora, muchos años después, la lectura de España, república de trabajadores se enriquece y se comprende con otras perspectivas, como las históricas y la literarias. Es indudable que el título es equívoco, porque aunque nos puede dar a entender que es una apología de la II República, contiene una carga irónica, que nace de la definición con que la constitución define el nuevo Estado: ”España es una república de trabajadores de toda clase…,” definición que al autor le parece sorprendente, pero para evitar malas interpretaciones, contrapuntea con un hecho concreto, aunque todo el libro abunda en argumentos de su desconcierto. En ese mismo año 1931, nos narra que los campesinos de San Martín de Castañeda pagaron al dueño de las mismas dos mil quinientas pesetas, como en años anteriores después de trabajar una tierra estéril durante un año. Con un tono realista y de contrastes, cercano a la plástica de Goya y a la estética de Valle-Inclán evoca el pasado para explicar el presente sin apoyarse en los tópicos que otros viajeros extranjeros han divulgado por el mundo y que él destruye con razones que se oponen a las enquistadas en el tiempo.

La leyenda de don Rodrigo, por ejemplo, el monarca del siglo VIII que después de vagar por los montes tras ser derrotado, sazona con sus lágrimas los alimentos que encontraba y hasta sin fuerzas se tendió en una fosa no sin antes colocarse una víbora en el pecho, que por piedad le picó después de tres días. Para este romance Ilyá Ehrenburg tiene esta explicación: “Don Rodrigo fue un rey anticuado. No conocía las ventajas de la emigración. Don Alfonso es un hombre del siglo XX…Don Alfonso vive en Fontainebleau, rodeado de la Francia republicana. Pudo poner a salvo su fortuna…Todos son sus amigos. Y si la víbora llega a picar a alguien, no será seguramente a don Alfonso”.

España, república de trabajadores contiene veintisiete capítulos cuyos títulos pueden ser de ciudades españolas, expresiones populares como “arre burro” o la diferenciación de los vocablos “querer” o “esperar” en los que el reportaje periodístico, el análisis político, histórico y antropológico, los apuntes sobre el arte español, la situación agrícola como industrial, la vida cotidiana y otros temas se dan cita con la esperanza de que si España despertó para un siglo nuevo, se desprenda del recuerdo como los tejedores de Barcelona y los braceros del campo andaluz y los campesinos de Castilla y aporte alguna corrección al diagrama irreprochable trazado con la sangre de otros pueblos.

Aunque Madrid por ser la sede del gobierno republicano es el centro de su viaje, Ilyá Ehrenburg recorrió otras ciudades y comarcas españolas para contarnos, con luz y sombras, no solo aquella agitada realidad del año 1931, sino también aspectos de la literatura y de la pintura. Como apuntamos antes, la técnica del contraste se subraya, por ejemplo, en el capítulo ”Las Hurdes” y que como ejemplo de dos miradas, recomiendo que se lea el capítulo de Unamuno en el libro citado antes. Aquí Ilyá Ehrenburg comienza por describir Salamanca como “ciudad señorial y bulliciosa” que vive sorda ante el hambre, el analfabetismo, la incultura y el abandono de una tierra, un infierno, donde si en Madrid se ha hecho la revolución, aquí, el maestro, obediente, cambió los textos de caligrafía.

Pero Ilyá Ehrenburg no es sordo a las huelgas que se producen en muchas ciudades y campos sino también a la dignidad, nombre con el que titula el capítulo décimo donde nos encontramos con una pausa en su escrito itinerante, un descanso en medio del camino para describir, como diría Luis Cernuda, lo plebeyo noble, y que es el propio pueblo quien enuncia en una canción que recoge I. Ehrenburg: “Mi ornato son mis ramas, mi descanso es la pelea, mi lecho las piedras, mi sueño siempre el velar”, un pueblo que prepara la revolución frente a aquellos que desde el poder dificultan su lucha, como los dirigentes socialistas que ante el capitalismo blanden una bandera roja. Pero ante los obreros preconizan las ventajas de la bandera blanca.

Frente a los que enmarcan a Ilyá Ehrenburg como agente soviético cargado de consignas y oro negro, en este libro, escrito con la pasión y el compromiso con la República, y con su dolor por España, no con el dolor unamuniano, ahonda en las contradicciones del poder y en la situación social española así como en los peligros reales de una etapa nueva que podría ahogar el sueño, no solo de España, sino de muchos pueblos europeos, expresado en la canción de un poeta soviético, soldado del Ejército rojo del que se desconoce el origen de su nostalgia española… Dejé mi familia / dejé mi cabaña / y me fui a pelear / también por España, para devolver / la tierra soñada / a los campesinos / de mi bella Granada . / ¡Granada, Granada!

Ilyá Ehrenburg volverá a España en 1937 para colaborar y organizar el II Congreso Internacional para la defensa de la Cultura, congreso donde leyó una ponencia de la que entresacamos el párrafo en el que implícitamente advierte del peligro del nazismo y del fascismo: “Si no queremos que todo el mundo se convierta en Madrid transformemos el corazón de los combatientes que están ahora a nuestro lado en los parapetos de la Casa de Campo”.

Ahora la bandera tricolor llena y ondea en las calles de la ciudades como exigente clamor republicano. Ilyá Ehrenburg nos impele a la lucha para recuperar la dignidad perdida con el combate, pero también nos advierte que para ello no puede haber tregua ni con los tibios, ni con las instituciones ni con sus perros guardianes y con una mal llamada democracia que eternizan explotación y privilegios.

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