Decía Gueorgui Dimitrov que el fascismo es el poder del propio capital financiero. Es la organización del ajuste de cuentas terrorista con la clase obrera. Y así es como se puede ver en estos momentos tan decisivos en donde este país se juega el seguir avanzando por la senda del progreso y la igualdad o retroceder a tiempos oscuros en donde reinó el despotismo desenfrenado de los capitalistas.
Cuando el capital se ve atacado, no necesita esconderse y saca a sus perros de presa a intentar atemorizar a la clase trabajadora. La expresión visual de esto se puede resumir en las lonas del odio que los sectores ultraderechistas han colocado en Madrid durante las últimas semanas. La primera fue del partido de extrema derecha Vox y en ella se podía ver una imagen en donde se tiraba a la basura la bandera roja con la hoz y el martillo, la del movimiento LGTB, feminista y otras.
La segunda lona colocada ha sido por Desokupa, una empresa de matoncillos, que por lucro, hostigan, acosan, discriminan o intimidan a personas en situación de vulnerabilidad para desalojar viviendas saltándose los procedimientos legales y usando el chantaje y la amenaza para conseguir sus fines.
Pero se han encontrado una respuesta por parte de militantes del Sindicato de Vivienda de Carabanchel, el Sindicato de Barrio de Moratalaz, la Asamblea de Vivienda de Villalba, la PAH de Vallekas y la Asamblea de Vivienda de Tetuán que se han encaramado al andamio del edificio cubierto con la lona racista y fascista para sobreponerle otra lona.
“Ni alquileres, ni hipotecas, ni deudas: vivienda gratuita, universal, de calidad y bajo control obrero. Movimiento de Vivienda de Madrid”, se podía leer en una de las pancartas que han colocado los activistas por la vivienda. En la otra, “en 8 años, 482.549 desahucios, 28.552 personas sin hogar, 3,8 millones de casas vacías, 80% del sueldo para el alquiler”.
Con esta acción, el Movimiento por la Vivienda quería hacerle frente a la propaganda fascista, pero también señalar que en el país de millones de viviendas vacías y donde los tipos de intereses de las hipotecas ponen el agua al cuello a las familias trabajadoras, el problema no es el de la ocupación, sino el de la mercantilización de algo tan básico como es la vivienda.







