Estoucha

Esther Zilberberg, brigadista polaca en la guerra civil española, resistente contra los nazis en Francia y superviviente de los campos de concentración
Estoucha
Estoucha

Noviembre de 1936 fue el bautismo de fuego de las Brigadas Internacionales, su entrada en combate para defender Madrid. Honrando su gesta, me han venido a la memoria los internacionalistas de primera hora que pueblan las páginas del libro “Flores de la República”, donde investigué a los voluntarios que llegaron a Irún para ayudar a la República. Entre ellos sobresale Estoucha, una figura poco conocida, y cuya vida ha motivado la realización de un documental, en marcha, que la convierte en actualidad.

Estoucha era el diminutivo polaco de Esther, Estera en su idioma, y era así como siempre la habían llamado. Era la última de una familia de siete hijos, nacida en Kalisz, una ciudad predominantemente judía de Polonia, en la frontera con la vieja Prusia, y que había vivido el devenir histórico de ese territorio, habiendo sido también alemana y rusa. Su padre, el señor Zylberberg, era un obrero textil, un artesano, y un estudioso de los libros del Talmud, tarea en la que se aplicaba después de su trabajo, gozando su sabiduría talmúdica de un gran prestigio en la comunidad hebrea de Kalisz, siendo frecuentes las visitas para consultarle acerca de tal o cuál asunto de la ley judía. Su madre, Mathilda Arkusz, era una judía del lado de la modernidad: leía a Kafka, a Freud, a Zweig, en su propio idioma alemán, y hablaba de ellos con su pequeña. Los ecos de la revolución de 1905, que tantas esperanzas levantó en todo el imperio ruso los acercó hacia el patriotismo polaco con aspiraciones socialistas. Su familia era muy pobre. Estoucha no fue a la escuela judía tradicional; gracias a la influencia de Mathilda, sus padres buscaron para ella una educación moderna, por lo que acudió a la escuela primaria polaca y después al liceo. Asfixiada por la vida del país, donde no ve horizontes, Estoucha sueña con estudiar medicina en una universidad extranjera. Sin recursos, eso es sólo un sueño; un sueño que comparte con sus amigas Karola Frenkel y Hela Zalc, sin atreverse a mencionarlo nunca a su familia. Para su sorpresa, la madre de Hela Zalc, una mujer liberada, decide ayudar a las muchachas en su anhelo de salir al extranjero. Las tres eligen ir a Bélgica, las tres tienen 20 años. Las tres ven por última vez a sus familias en el momento de partir el tren de Kalisz, aunque en ese momento lo desconocen. En Bruselas, Estoucha combina sus estudios de medicina con el trabajo, como empaquetadora en una fábrica de chocolate primero, y en una de caucho después; un programa difícil teniendo en cuenta las exigencias y disciplina que requieren sus estudios. Sus inquietudes sociales, su conciencia política aumenta en contacto con otros emigrantes polacos, con el mundo sindical. El proceso que los nazis realizan en 1935 a Dimitrov y su gallarda defensa, deciden su adhesión al Partido Comunista Belga, una adhesión profunda, sin reservas, emocional.

Cuando los militares españoles se sublevan, la juventud antifascista belga decide enviar voluntarios a España: sustituirán en la solidaridad a los deportistas belgas que se encontraban en Barcelona, para participar en las Olimpiadas Populares, que deseen volver. Estoucha es una de las que levanta la mano en la reunión decisiva, ella irá. Piensa que tendrán mucha necesidad de personal sanitario. Acaba de terminar exitosamente sus exámenes de fin de curso y es un buen momento. Junto a su amigo Abram Gotinski, compañero de estudios de medicina y judío polaco como ella, organizan el viaje de solidaridad con la República. En pocos días realizan una colecta de medicamentos y productos de primeros auxilios. El billete hasta París debe pagarlo de su bolsillo, y eso es un grave contratiempo, porque no tiene dinero. Desde París se ocupa el Socorro Rojo. El padre de Abram se hace cargo de los billetes de Bruselas a París para su hijo y para Estoucha. Parten el 8 de agosto de 1936. Les acompañan 8 obreros metalúrgicos de la fábrica de armas Herstal, miembros de la USAF, Unión Socialista Antifascista. Cuando el tren abandona Bruselas, los obreros anuncian a los dos estudiantes que llevan en su maleta una ametralladora Hotchkiss desmontada en piezas, robada en la fábrica. En París, los diez bruselenses son recibidos calurosamente por el Socorro Rojo. Al día siguiente de su llegada, un domingo, se organiza un encuentro popular de solidaridad con España en el Parque de Saint-Cloud, donde hablan los líderes franceses de la II y III Internacional. A pesar de su pequeño número, los diez belgas desfilan orgullosos en formación casi militar; los chicos en pantalón caqui, camisa azul, corbata roja; y Estoucha con un pañuelo rojo estampado con tres flechas blancas verticales. El lunes toman el tren hacia Hendaye, donde el comité local del Frente Popular les espera. Con los miembros de ese comité, a pie, atraviesan el puente internacional y son recibidos en Irún por el comité español.

Estoucha se incorpora a la ayuda sanitaria. Las necesidades de la lucha, las batallas, dispersan al grupo. Tres días después de su llegada, Abram Gotinski muere en combate.

“Un día, me encontraba muy cerca de la ametralladora instalada sobre una colina, cuando vi al ametrallador morir bajo el fuego de los fascistas que avanzaban —relata Estoucha en su diario—. ¿Qué hacer? Tomé el puesto del tirador, y cuando vi correr a los enemigos hacia nosotros, creo que cerré los ojos pero disparé”.

¿Qué es lo que movió a disparar a Estoucha? Para ella, que era casi médico, eso era una trasgresión: dar la muerte en lugar de hacerla retroceder. Fue la única vez en su vida —según confesó después—. ¿Era la muerte de un camarada que la impulsó, o quizá la de Abram, su compañero, a quien quería vengar? O quizá, se trataba de un dilema más simple: ellos o ella. El padre de Abram Gotinski, que pagó el billete de los dos estudiantes, se arrepintió siempre de entregarles ese dinero, que supuso la muerte de su hijo.

Tras la caída de Irún, Estoucha hace la campaña de la guerra del norte como enfermera en el batallón comunista Perezagua, y es herida en la batalla de Villareal. Cuando se recupera, pasa a desempeñar otra labor en Bilbao, como redactora jefe de la revista “Mujeres”, bajo el seudónimo de Juanita Lefévre. Tras la caída de Bilbao, acompaña a los batallones vascos en Cantabria, y comienza una nueva labor, la de intérprete de algunos asesores militares rusos que se incorporan al Estado Mayor del Ejercito del Norte, como el general Gorev. Evacúa de Santander a Francia en el último momento, en el barco “Medusa”. Pero regresa de inmediato, por los Pirineos, y vuelve a incorporarse a los servicios sanitarios en el frente, ahora en las ya creadas Brigadas Internacionales, pero lejos de las unidades belgas o polacas. Prefiere esa distancia porque no soporta el dolor del recuerdo de Abram.

Cambia de nuevo a labores de intérprete de los asesores soviéticos, esta vez en unidades de tanques. En febrero de 1939 es enviada a Francia, donde adopta una nueva identidad, Jeanne Dubois. Resistente contra los nazis desde el primer momento, es detenida, torturada, encerrada en las prisiones de Loos y Sant Giles, en Francia y Bélgica; y luego destinada en campos de concentración en Alemania: Essen, Mesum, Gross-Strehlitz, Kreuzbourg, y los terribles Ravensbrück, y Mauthausen; de donde sobrevivió. Terminó su carrera de medicina y se dedicó en París a la sanidad en barrios populares, continuando hasta el final su militancia comunista. Una parada de autobús en Malakoff, suburbio de París, lleva su nombre, Esther Zilberberg.

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