Igual que octubre es el mes de la revolución rusa y está marcado en rojo para todos los luchadores por un mundo donde haya desaparecido la explotación capitalista; enero es el mes de la revolución alemana, derrotada con los asesinatos de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, sus más insignes líderes. Cada enero los comunistas alemanes desfilan por las calles de Berlín hasta el cementerio de Friedrichsfelde, para recordarlos. Y para renovar allí, ante su tumba, el juramento de que continuarán su combate, como dice su himno.
Octubre y enero son dos actas fundacionales del comunismo. El comunismo no fue sólo un alumbramiento de la revolución rusa, sino que su origen está también en la escisión de la socialdemocracia alemana propuesta por Karl Liebknecht al votar en contra de los créditos de guerra en el Parlamento, en 1914. Y está en la conferencia suiza de Zimmerwald, en 1915, donde la izquierda socialdemócrata tomó el camino de la paz, mientras las direcciones de sus partidos traicionaban al proletariado y lo lanzaban a la guerra. Liebknecht y Rosa se alejaron del SPD, fundaron la Liga Spartakus en 1914, que se transformó en el Partido Comunista de Alemania en 1919.
Enero y octubre son dos hitos que jalonan nuestra historia, que definen nuestra identidad, que nunca debemos olvidar si no queremos perder la razón de nuestra existencia, y si pretendemos continuar como proyecto. Los que fueron, los que estamos, los que llegarán; pasado, presente y futuro, todo está cosido, vertebrado. Sólo cuidando las raíces y cumpliendo nuestro deber en el día a día, podremos recuperar el porvenir para nuestras ideas. Si rompemos ese hilo con nuestros orígenes desaparece nuestra conexión con la sociedad, y perdemos la “fantasía”, imprescindible para caminar hacia esa otra sociedad “oculta en la nieblas del futuro”, como decía Rosa. En una película reciente, “16 mm a la revolución”, el italiano G. Piperno critica la disolución del PCI, un partido que había conseguido a la vez ser el de los más desposeídos de la sociedad y el del mundo de la cultura. Lo que entonces le pareció un nuevo rumbo en un mundo que estaba cambiando, ahora ve que significó una gran pérdida. Romper con las raíces no hizo más moderno al nuevo partido, sino al contrario, lo desgajó de la cultura, de la construcción del sujeto emancipatorio, y dejó a éste sin rumbo, sin ideales.
Octubre y enero representan las dos caras de la revolución, la derrotada y la victoriosa. Los bolcheviques rusos confiaban mucho en el triunfo de la revolución alemana, para no quedarse aislados, acosados por los enemigos, como ocurrió, en la construcción del socialismo. Rosa se distinguió por la originalidad de su pensamiento marxista, y por su franqueza en los debates, apoyando la revolución rusa sin dejar de criticar lo que no compartía. Ella, polaca, polemizó con Lenin sobre el derecho de autodeterminación de los pueblos. Lenin defendía una posición de principios, más justa a mi modo de ver; ella otra más utilitaria, pensando que era más favorable para la revolución no separarse del imperio. A pesar de sus disputas, Lenin la tuvo en gran estima, y eso nos dice cómo, en aquel tiempo revolucionario, todas las ideas se defendían con plena libertad.
Sobre los asesinatos conviene reflejar lo que a día de hoy, 105 años después, se sabe con precisión. A finales de 1918 Alemania está en plena efervescencia revolucionaria. 40.000 marineros se amotinan en Kiel y el Kaiser huye. El SPD se hace con el control del país pero queda paralizado ante la revolución por una mezcla de conservadurismo, indecisión, y pánico. El 4 de enero de 1919 el gobierno destituye al jefe de policía, de simpatías comunistas, lo que provoca una huelga general. El gobierno, a través del ministro de Defensa, el socialdemócrata Gustav Noske, da la orden al GKSD, una unidad paramilitar, de eliminar a los comunistas. La represión de la revolución, de los trabajadores que ocupan las calles, donde han montado barricadas, es brutal. El 15 de enero, Rosa y Karl, ante las amenazas directas a sus vidas —incluso se ofrece una recompensa a quien les mate—, se esconden en casa de unos amigos, en Mannheimer Strasse 43. Sin embargo, son descubiertos y detenidos. Los llevan al hotel Eden, en Uhland strasse 184. Pabst, oficial del estado mayor de la GKSD, ordena su ejecución. Los sacan del hotel en dos vehículos. En el primero va Karl, muy golpeado por las torturas a las que ha sido sometido. El coche se dirige hacia el Tiergarten. En el Neuen See se detienen, le hacen bajar del vehículo y le disparan un tiro en la nuca. Lo entregan en la morgue como un cadáver desconocido. Al entrar Rosa en el segundo coche, el agente Runge le destroza el cráneo con dos culatazos, y la arroja inerte en el asiento. Como quieren rematar la faena, la sacan, y otro agente, Souchon, le dispara en la sien. La vuelven a cargar, ya muerta, y la llevan al canal Landwehr, donde arrojan su cadáver.








