La crisis institucional abierta en Francia por el adelanto de las elecciones legislativas no cesa. Las urnas arrojaron un resultado muy diferente al deseado por el presidente de la República: una clara mayoría del Nuevo Frente Popular en un hemiciclo plural, con la antigua mayoría presidencial salvando los muebles de milagro gracias al Pacto Republicano.
Tras semanas de maniobras para subvertir el resultado electoral, Macron consiguió su objetivo: cerrar las puertas de Matignon al NFP y a su candidata a primera ministra Lucie Castets. Para ello Macron tejió un gobierno dirigido de Michel Barnier, con el apoyo de Los Republicanos y la antigua mayoría presidencial, sin suficiente respaldo parlamentario, y que vio la luz gracias al beneplácito de la Agrupación Nacional de Marine Le Pen a cambio de una ley de inmigración.
El gobierno francés no pretendía representar la voluntad de las urnas sino seguir adelante con la política macronista, a pesar del castigo electoral. Todo quedo confirmado con la presentación del borrador de presupuestos: 45.000 millones de euros de recorte a los servicios públicos y la Seguridad Social. Un tijeretazo récord que auguraba muchas turbulencias.
Barnier se dirigía al precipicio. Trató de salvar la situación con un comunicado que ya ha pasado a la historia de la política francesa: por primera vez un primer ministro hincaba la rodilla ante la extrema derecha. De poco le sirvió. Marine Tondelier, líder de Los Ecologistas, lo resumía lapidariamente: “Barnier tendrá la censura y el deshonor”.
Ante la incapacidad de alcanzar consensos y la falta de apoyos, el lunes 2 de diciembre, cuando llegó el momento de votar el proyecto de Ley de Financiación de la Seguridad Social (PLFSS), el primer ministro se ató la soga al cuello e invocó el artículo 49.3 de la Constitución que, básicamente, permite al gobierno aprobar cualquier texto sin someterlo a votación del Parlamento. La respuesta de la izquierda no se hizo esperar: el Nuevo Frente Popular cumplió su palabra y registró una moción de censura, que fue seguida por otro texto registrado por la Agrupación Nacional. Jaque.
En el momento de envío a imprenta de este periódico, el 4 de diciembre, comenzaba la moción de censura. La caída del gobierno Barnier se da por hecha y las miradas se dirigen al causante de esta situación: Emmanuel Macron. Según una encuesta publicada recientemente el 53% de los franceses considera a Macron responsable de la coyuntura actual y el 63% está de acuerdo con la dimisión del presidente y la convocatoria de nuevas elecciones presidenciales. Hace unas semanas fue Jean-Luc Mélenchon quien puso esa salida encima de la mesa, con escaso éxito, pero el tabú de la dimisión de Macron parece haberse roto. Dirigentes de distinto signo político como el centrista Charles de Courson (LIOT), Jean-François Copé (antiguo líder de la UMP, familia política a la que pertenece Barnier) e incluso Marine Le Pen se han manifestado públicamente en ese sentido al considerarla la única solución posible al “caos político” que vive el país.
Sin embargo, los planes de Macron no pasan por asumir responsabilidades. Más bien lo contrario. Con la configuración parlamentaria actual, la única salida del presidente pasa por el nombramiento de un gobierno “técnico”, el primero en la historia de la Vª República, que mantenga las constantes vitales del país hasta que Macron pueda volver a disolver la Asamblea Nacional y tratar de agotar su mandato presidencial. En su cabeza suena espectacular y la idea ha encontrado un sorprendente acomodo en el ala derecha del Partido Socialista, que desde hace semanas trabaja a cara descubierta por superar la etapa del NFP en busca de otros aliados que le permitan volver a ser un partido ‘respetable’.
Lo que mal empieza mal acaba. Macron defendió su decisión unilateral de adelantar las elecciones legislativas como la forma de impedir el acceso al poder de la Agrupación Nacional, aunque, en realidad su intención era otra: imposibilitar que la izquierda tuviese tiempo de llegar a acuerdos que pusieran en peligro las políticas del monarca republicano. Solo cuatro meses después de esa nefasta jugada, Francia está inmersa en una de las mayores crisis políticas e institucionales de su historia reciente. El gobierno Barnier, acabado. El presidente, a merced de Marine Le Pen. El campo presidencial ya no existe… pero Emmanuel Macron va a seguir maniobrando para mantenerse en el poder y evitar la llegada de la izquierda al gobierno, aunque eso signifique destruir uno por uno los cimientos institucionales de la República y entregar por fascículos la segunda potencia económica de Europa a la extrema derecha.







