Lo apasionante de la catástrofe de Valencia, en forma de riada incontenible de palabras que nos resultan dolorosas e indignantes, es que no solamente no confortan ni reconfortan (por mucho que lo anunciara el Sr. Feijóo) sino que nos están manipulando a base de mentiras e inexactitudes que se acumulan en nuestras cabezas ¿pensantes? como el barro que atasca las cloacas, los voluntarios y militares que se atascan en las calles, con o sin maquinaria adecuada o suficiente y los bulos y fake news que contaminan el entendimiento racional de lo que ocurre, de sus porqués y condicionan la trabajosa búsqueda de soluciones que tienen que superar complejos problemas técnicos y políticos y los intereses que se esconden tras ellos.
Es tal el amontonamiento de opiniones que ni siquiera nos dejan que saquemos conclusiones teóricas razonables y constructivas de tantas declaraciones culpabilizadoras o de tantas sesiones de tertulias televisivas a grito pelado y sin respetar el turno de palabra, o sea, que tenemos más emociones que conclusiones y mira que hay gente dedicada a fabricarnos opinión o a imponer una que convenga a los intereses que se camuflan tras la supuesta exigencia de responsabilidades.
En vez de proponer a la ciudadanía una reflexión serena sobre la catástrofe, sus consecuencias y las alternativas que hay que elaborar para evitar tropiezos repetidos y aumentados, el sistema (capitalista) imperante nos está ofreciendo el canallesco espectáculo de una guarrísima pelea pandillera en la que se impone una ética y una estética de la incoherencia que promociona la gran explicación de lo que nos ha pasado: Si me dicen que soy culpable o responsable de algo reparto la culpa entre todos y la responsabilidad la difumino en un mapa de competencias burocráticas y de trámites oficinescos.
Y luego están los personajes que entran en escena. En eso no son originales porque el sistema maneja el casting como lo resolvería el trumpesco imperator mundi: colocando a las personas más inadecuadas al frente de la reconstrucción de lo que acabamos de desmontar. Y, por supuesto, la denominada reconstrucción no irá más allá de la insostenible construcción primera: ninguna prevención de riesgo y montar nuestra política territorial sin molestarnos en entender que vivimos sobre una zona inundable.








