Teresa Rabal y yo nos conocimos compartiendo algunos trabajos en TVE y cine. Eran principios de los 70. Pronto, la norma fue estar cerca de la familia, de Paco, de Asunción, de Benito. A esto añado que Damián Rabal, hermano de Paco, era mi representante entonces, y que lo fue durante 20 años. Así pues, que nadie espere un relato distante; la familia Rabal es mi familia. Conocer a Paco, más que como el gran actor que fue, y en lo que no voy a abundar, fue admirar un ejemplo de constancia desde el principio, desde abajo, que lo llevó a codearse con la intelectualidad, a trabajar con los mejores directores, a hacer historia. De sobra es sabida su relación con Buñuel, que lo llamaba sobrino.
Coincidimos en algunas películas: Tormento, dirigida por Pedro Olea; Emilia, parada y fonda, que dirigió Angelino Fons; El gran secreto, dirigida por Pedro Mario Herrero, y Pajarico, de Carlos Saura; y me divertí horrores con él cuando dimos juntos el pregón de las fiestas de Águilas. Su personalidad superaba al personaje, arrasaba por donde pasaba; inteligente, brillante, seductor. No se podía ir con él por la calle, todo el mundo le paraba para saludarle, y él daba bola a todo el mundo. ¡Y se le daba muy bien el trovo! Tenía entre sus muchas habilidades, sorprendernos en las despedidas de los rodajes con una improvisada dedicatoria personal a cada miembro del equipo, que nos dejaba a todos boquiabiertos y rendidos a su encanto.
Con Franco le prohibieron su interpretación de Otelo en el Teatro Español, porque Rabal era una figura incómoda. Lo irónico es que agrandaron su consideración como símbolo de resistencia cultural
También admiré de él su compromiso político, ese que quisieron borrar de Alpedrete unos politiquillos tontivanos, con el intento de retirar los nombres de la Plaza Paco Rabal y el Centro Cultural Asunción Balaguer. Como si así pudieran borrar la cultura, y la memoria. La militancia antifascista y comunista de Paco nunca pasó desapercibida para los señoritos. Ya en el año 69 ó 70, el sucesor de Manuel Fraga, Alfredo Sánchez Bella, prohibió su interpretación de Otelo en el Teatro Español, porque Rabal era una figura incómoda que no podía ocupar los escenarios nacionales. Lo irónico es que lo único que consiguió fue agrandar la consideración de Paco como símbolo de resistencia cultural. Parece que no ha pasado el tiempo para ellos; ahí seguimos.
Es incuestionable la huella que dejó en el cine de Buñuel, Visconti, Antonioni. Bardem, Camus, Saura, y tantos otros; pero la más profunda es la que dejó en sus incontables amigos. Ahí Paco Rabal es una figura inapelable. Lo que hace falta ahora que cumple cien años, es que las nuevas generaciones se interesen por él, por su trabajo, por su vida, con sus luces y sus sombras. Que sepan que hubo un tipo llamado Paco Rabal, que vivió a todo trapo sin encomendarse a dios ni al diablo, que ganó su primer premio en el Festival de Venecia en el año 1953, y que murió desgastado de puro uso, con una copa de champán en la mano, en un vuelo para recoger su último premio, en Donostia, en 2001. Que dejó un mundo mejor. Un fenómeno a estudiar.







