Lucio llevaba quince años en el almacén de una fábrica catalana de embutidos, situado en la localidad de Valdemoro, y pensaba que aún podía tirarse otros quince años más en el mismo curro. Lucio no entendía demasiado de economía política, ni sabía a ciencia cierta lo que significaba tipo de interés o devaluación. En cambio
A Rubén Fonseca Yo prefiero la navaja, ¿sabe usted, jefe? La navaja es mucho mejor, más ligera, más manejable, ocupa menos sitio. El cuchillo es más seguro, eso sí, pero es más pesado y más difícil de llevar. Casi siempre se nota en los bolsillos de la chaqueta o en el pantalón y, además, hay
Para Manolo Pereira Fidel lo tenía todo muy claro: todas las tías eran putas, sí, putas. O sea, que se lo hacían con cualquiera. Y si alguna no lo hacía, era por razón de cálculo. Su propia señora era un buen ejemplo de lo que él pensaba. Estaba más claro que el agua. Llevaba dieciocho
Mohamed era alto, enjuto, muy moreno y muy serio. Solía sentarse en los bancos de la plaza a ver pasar la gente y a comerse, muy despacio, una barra de pan con aceite y azúcar que le daban gratis en el quiosco de la plaza del Dos de Mayo. Cuando terminaba se sentía feliz y
En la pensión, todo el mundo había terminado de comer y se habían ido a sus cuartos a descansar, menos Ugarte que le decía a Morán que era un golfo porque le gustaban los niños y éste decía que no, que los niños le recordaban perritos pequeños y otros animalillos, como escarabajos y ratones. A
Aquella noche Riquelme no pudo dormir y, por la mañana, encendió la luz y se acarició el pene, mientras su mujer se hacía la dormida. Más tarde, empezó a embestirla por detrás, con fuerza, y su mujer fingió despertarse. Riquelme continuó cada vez más fuerte hasta que ella se escurrió de la cama. -¿Eh, adónde
Los golpes sonaron en la puerta de la casa fuertes y perentorios, pero doña Clara fingió no escucharlos. Era una mujer con el cabello completamente blanco, ojos claros y un cúmulo de arrugas alrededor de la boca por la costumbre de reír. Estaba en su dormitorio, frente al espejo del tocador, contemplando su rostro triangular
Para Vicente Larraga Una noche, Casimiro se tomó unas cuantas copas en un bar de señoritas de la calle del Tesoro, llamado Bar Cuba, que yo conozco y que está bastante bien. Cuando yo estuve, hace mucho tiempo, las señoritas del bar eran educadas y sabían alternar sin pasarse, siempre sonreían y les gustaba acariciar
Era alta, de piernas fuertes y vestía de rosa y podía haber sido guapa, pero no lo era. Se llamaba Lola. Zezé, su amiga, le dijo: – ¿Qué te pasa, mi niña? Te veo tristona. ¿Tienes la regla? – Tengo ganas de morirme, eso es lo que me pasa -respondió Lola. Zezé era negra, cubana,